Qué es el fascismo

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El fascismo se podría definir como el dominio del capital financiero sobre el capital productivo, lo que redunda en, al sostener la misma producción con una masa de capital más grande, una inflación desbocada que es cómo financian su gasto militar a costilla de la clase obrera, que ve muy comprometida su subsistencia por la guerra abierta o por el encarecimiento derivado de la lucha del capital financiero por expoliar las materias primas.

El fascismo, desde la concepción marxista-leninista desarrollada por Georgi Dimitrov, no constituye simplemente una forma autoritaria de gobierno, ni una desviación moral de la democracia burguesa, sino la expresión política extrema del capitalismo monopolista en su fase de crisis histórica. Dimitrov, en su informe “La clase obrera contra el fascismo” (1935) en el VII Congreso de la Internacional Comunista, lo definió como “la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero”. Esta definición sitúa al fascismo no sólo en el terreno de las ideas abstractas, sino en la estructura material de la sociedad capitalista y en las necesidades concretas de la burguesía monopolista.

Mientras el liberalismo burgués puede gobernar mediante el parlamentarismo, la alternancia política y ciertas concesiones económicas a las masas obreras, el fascismo aparece cuando esas formas dejan de ser suficientes para garantizar la reproducción del capital. No surge porque una nación pierda sus valores democráticos, sino porque las contradicciones internas del capitalismo alcanzan un punto en el que la burguesía ya no puede mantener su dominio mediante métodos ordinarios. La democracia burguesa y el fascismo no son sistemas opuestos en esencia de clase, ambos representan la dictadura de la burguesía y la única diferencia reside en la forma de ejercerla.

En la etapa imperialista del capitalismo descrita por Lenin, “Imperialismo, fase superior del capitalismo” (1917), hace ya más de un siglo describe como la economía queda dominada por monopolios, bancos y oligarquías financieras que concentran el capital y subordinan el Estado a sus intereses. La acumulación de capital llega progresivamente a límites históricos que llevan a la sobreproducción, la caída de la tasa de ganancia, el endeudamiento estructural, la destrucción de fuerzas productivas, el desempleo masivo y las guerras por nuevos mercados y recursos. El imperialismo intenta resolver estas contradicciones mediante la exportación de capital, el saqueo colonial y la militarización permanente. Sin embargo, esas soluciones sólo aplazan la crisis y profundizan la decadencia general del sistema.

Cuando la crisis económica amenaza con transformarse en crisis revolucionaria, la burguesía monopolista abandona progresivamente la forma de democracia burguesa que anteriormente le resultaba útil. El fascismo aparece entonces como mecanismo de salvación del capital. Su función histórica consiste en destruir las organizaciones obreras, liquidar los derechos democráticos, militarizar la sociedad, imponer el nacionalismo chovinista y reorganizar el Estado para garantizar por la violencia la continuidad de la acumulación capitalista.

Por eso, para los comunistas, el fascismo no es un accidente histórico ni una anomalía psicológica colectiva, sino una tendencia inherente al imperialismo en descomposición. Cuanto más se agudiza la crisis estructural del capitalismo, más necesita la burguesía recurrir a formas abiertas de coerción. La concentración monopolista reduce el margen para las reformas sociales y la competencia interimperialista empuja hacia la guerra. Entonces el deterioro de las condiciones de vida de la clase obrera genera descontento y aparece el miedo de la burguesía a la revolución de la clase obrera que la conduce hacia métodos cada vez más expeditivos y represivos.

El fascismo intenta movilizar a sectores desesperados de la pequeña burguesía, capas arruinadas y masas desclasadas contra la clase obrera organizada. Se presentan demagógicamente como patriotas honrados, con un fuerte discurso identitario y populista, pero en realidad su misión es preservar intacta la propiedad privada de los monopolios y fortalecer el poder del gran capital. Bajo consignas de unidad nacional, destruye la lucha de clases por la fuerza y subordina toda la vida social a los intereses del capital financiero y del aparato militar.

Desde esta perspectiva, las potencias imperialistas tienden históricamente hacia formas fascistas conforme se erosiona su base económica. El agotamiento de la expansión capitalista, la financiarización parasitaria, la pérdida de hegemonía internacional y la incapacidad de garantizar niveles de vida estables, obligan al Estado burgués a intensificar el control social y la represión. El deterioro económico genera polarización política y, a su vez, la polarización amenaza la estabilidad del sistema. Entonces el capital responde reforzando mecanismos autoritarios. Es por eso que el imperialismo se convierte en la antesala de la revolución socialista.

La transición hacia formas fascistas puede no reproducir exactamente los modelos clásicos de Italia o Alemania, pero conserva intacta su esencia de clase, la concentración extrema del poder ejecutivo, persecución de organizaciones revolucionarias, la propaganda nacionalista, la militarización ideológica, criminalización de la disidencia y subordinación total del aparato estatal a los intereses del capital monopolista.

Así, para los comunistas, el fascismo constituye la manifestación política de la decadencia histórica del imperialismo. No es una alternativa al capitalismo, sino su última línea de defensa cuando las contradicciones económicas hacen imposible gobernar mediante el consenso liberal. La lucha contra el fascismo no puede separarse, por tanto, de la lucha contra el imperialismo y contra el sistema capitalista que lo engendra.

Frente al avance del fascismo, reafirmamos la necesidad de la unidad de la clase obrera hacia la construcción de la dictadura del proletariado, la forma más radical de democracia, y que dinamitará la base económica capitalista que lo engendra. Como señaló Georgi Dimitrov, el fascismo no es una fuerza ajena al capitalismo, sino su expresión más reaccionaria y violenta cuando las élites pretenden aplastar la organización obrera y perpetuar su dominio. Por eso, hoy, el deber histórico de la clase obrera de nuestro país es fortalecer al PCOE, como la más elevada expresión de la solidaridad internacionalista y de la lucha consciente contra toda forma de explotación, racismo y odio reaccionario. Solo un partido comunista fuerte podrá derrotar al fascismo y abrir el camino hacia una sociedad verdaderamente justa, socialista y emancipada.

 

¡Muerte al fascismo!

¡Por el derrocamiento de la base económica asesina del capitalismo!

¡Antifascismo, solidaridad e internacionalismo!

 

Comisión de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)

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