La izquierda domesticada

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En las recientes elecciones andaluzas hemos tenido el último ejemplo de la izquierda domesticada y de la inutilidad de los frentes amplios, que más que unir generan división, como hemos podido ver en las dos candidaturas por separado. Lo que se denomina “a la izquierda del PSOE” ha renunciado, en gran medida, a la misión histórica de la emancipación de la clase obrera, para integrarse dócilmente en los márgenes permitidos por el estado burgués. Bajo el discurso de la “gobernabilidad”, el “realismo político” y la “defensa de la democracia” (democracia en general y desclasada, de la que ya nos hablaba Lenin hace más de un siglo), estas fuerzas han sustituido la lucha revolucionaria por una administración reformista del capitalismo, aceptando como inmutable la estructura económica basada en la explotación del hombre por el hombre.

El parlamentarismo reformista que llevan a cabo estos quintacolumnistas, y bien que son retribuidos por la burguesía para adormecer a la clase obrera, no cuestiona la raíz del problema, que no es otro que la propiedad privada de los medios de producción y la apropiación de la plusvalía por parte de la burguesía. Sus programas se limitan a paliar temporalmente algunas contradicciones del sistema mediante concesiones parciales, subidas salariales limitadas que no palian la pérdida de poder adquisitivo provocado por la inflación desbocada, ayudas sociales como al alquiler que aseguran el cobro del rentista con dinero público o regulaciones laborales superficiales que no alteran el carácter de clase del estado, ni eliminan las relaciones de explotación. Tales reformas, aunque puedan aliviar coyunturalmente determinadas condiciones materiales, terminan funcionando como mecanismos de contención social destinados a preservar la estabilidad del orden capitalista.

Para los comunistas, el parlamentarismo burgués no constituye un terreno neutral donde pueda alcanzarse gradualmente el socialismo, sino una herramienta de dominación de la burguesía. La democracia liberal aparece así como la forma política más sofisticada de la dictadura del capital, porque permite la participación formal de las masas mientras se mantenga intacto el poder económico de las clases parasitarias. La izquierda institucional, al aceptar estas reglas del juego, abandona la perspectiva de la dictadura del proletariado y de la destrucción del aparato estatal burgués, reduciendo la política a una mera gestión técnica del capitalismo trufada de abrazos y sonrisas.

Esta integración en la lógica institucional implica también la renuncia explícita a la lucha de clases como motor de transformación histórica y social. Los partidos reformistas buscan constantemente la conciliación entre capital y trabajo, difundiendo la ilusión de que es posible humanizar el capitalismo mediante pactos sociales permanentes. Sin embargo, la contradicción entre la burguesía y la clase obrera no desaparece por decreto parlamentario porque la superestructura capitalista sigue siendo el núcleo estructural del sistema de explotación. La explotación asalariada, la extracción de plusvalía y la subordinación del trabajo a la ganancia privada, continúan reproduciéndose incluso bajo gobiernos autodenominados progresistas.

La consecuencia de esta deriva es la desmovilización ideológica y política de la clase obrera como vimos claramente en Podemos. En lugar de fomentar la organización revolucionaria y la conciencia de clase, la izquierda parlamentaria canaliza el descontento popular hacia ciclos electorales estériles, donde cada derrota se justifica con la necesidad de frenar a la derecha y cada victoria termina subordinada a los límites impuestos por el capital financiero y las instituciones del estado burgués.

Así, el reformismo se convierte en una forma de colaboración de clases. Al renunciar a la superación revolucionaria del capitalismo, termina actuando como un dique de contención frente a cualquier posibilidad de ruptura histórica. Mientras la explotación continúe siendo la base de la producción social y la plusvalía siga siendo apropiada privadamente por la burguesía, ninguna reforma parcial podrá significar una verdadera emancipación de la clase obrera.

Ante esta traición, la clase obrera tiene su organización, el PCOE, y su ciencia revolucionaria, el marxismo-leninismo, que le dotan de la fuerza y el método para la superación de la explotación capitalista. La izquierda domesticada, al renunciar a la confrontación revolucionaria contra el estado burgués, termina actuando como sostén del propio sistema que dice combatir. Su horizonte limitado a reformas parciales no cuestiona la raíz de la explotación, que no es otra que la apropiación de la plusvalía y el dominio de la burguesía sobre los medios de producción. Así, la lucha de clases queda sustituida por la gestión de un capitalismo “con rostro humano”, perpetuando la subordinación de la clase obrera dentro de la democracia burguesa. Frente a ello, el PCOE reivindica la necesidad de una política verdaderamente marxista-leninista, organizada, revolucionaria y orientada no a maquillar el capitalismo, sino a superarlo mediante el poder obrero y la construcción del socialismo. En el PCOE trabajamos a nivel nacional e internacional para la creación de un partido comunista único que encienda la chispa que haga prender la revolución proletaria porque el capitalismo, en su fase imperialista, debido a sus contradicciones irresolubles, es la antesala de la revolución proletaria.

 

¡Ni pactos, ni migajas, poder obrero y socialismo!

¡Contra la izquierda del capital, organización y lucha de clases!

¡Por la revolución, milita en el PCOE!

Comisión de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)

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