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Qué es el comunismo

No hay ideología más vilipendiada y deformada por la burguesía que el comunismo. Cada año, la burguesía, gasta infinidad de recursos en la batalla ideológica, que es la única que le sostiene, para alargar un poco más la agonía de su sistema económico caduco. Frente a esto, los comunistas decimos que el comunismo es una teoría política, económica y social desarrollada principalmente por Karl Marx y Friedrich Engels durante el siglo XIX. Según esta concepción, la historia de las sociedades está marcada por la lucha entre clases sociales con intereses opuestos. En las sociedades capitalistas, esta contradicción se expresa entre la burguesía, propietaria de los medios de producción, y el proletariado, que vende su fuerza de trabajo para subsistir cuando todo lo produce. El objetivo final es la construcción de una sociedad sin clases sociales, sin explotación económica y basada en la propiedad colectiva de los medios de producción. En esta sociedad, la riqueza producida será distribuida según las necesidades de cada persona y no según su capacidad de compra o su posición económica.

Como ya dijimos, la burguesía critica ferozmente al comunismo cuando es un estadio final que todavía no se ha alcanzado en la historia de la humanidad. El comunismo no surge de manera inmediata. Primero es necesario superar el sistema capitalista mediante una transformación revolucionaria dirigida por la clase obrera. Tras esta revolución se establecerá una etapa de transición conocida como socialismo, durante la cual los principales medios de producción pasarán a ser de propiedad social y se reorganizará la economía para satisfacer las necesidades sociales y no el lucro privado de una minoría parasitaria que nada produce.

Marx y Engels sostenían que, a medida que desaparecieran las diferencias entre clases sociales y se eliminaran las condiciones que generan explotación y conflicto económico, el Estado perdería progresivamente su razón de ser. Desde esta perspectiva, el Estado es visto como un instrumento histórico de dominación de una clase sobre otra. Cuando ya no existan clases enfrentadas, tampoco será necesario un aparato estatal encargado de mantener ese orden social. Este proceso es conocido como la extinción o desaparición del Estado. No se tratará de una abolición inmediata, como defienden los anarquistas, sino de un debilitamiento gradual de sus funciones coercitivas. En la fase comunista plenamente desarrollada, la administración de los asuntos colectivos sustituirá al gobierno de una clase sobre otra, y la organización social se basará en la cooperación libre y la gestión común de los recursos.

En resumen, el comunismo, es una sociedad sin clases sociales y sin propiedad privada de los medios de producción. Para alcanzarla será necesario atravesar una etapa de transformación socialista que elimine las bases económicas de la división de clases. Una vez desaparecidas estas diferencias, el Estado dejará de cumplir una función de dominación y se extinguirá gradualmente, dando paso a una forma de organización social basada en la cooperación y la igualdad. Desde el PCOE trabajamos para construir esta fase histórica que, además, es inevitable por las contradicciones intrínsecas del sistema económico capitalista, por ello te llamamos a engrosar sus filas.

 

¡Por la emancipación de la clase obrera!

¡Por la dictadura del proletariado!

¡Socialismo o barbarie!

 

Comisión de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)




Desmontando las mentiras sobre el camarada Stalin

Para analizar la figura de Stalin, primero hay que contextualizar bien. Fueron los años donde la lucha de clases alcanzó su mayor temperatura en varios episodios y donde esa lucha se hizo más franca y abierta. Stalin fue, para millones de soviéticos y comunistas del siglo XX, el símbolo de una época de hierro en la que la supervivencia misma de la revolución dependía de la firmeza política, la industrialización acelerada y la capacidad de resistir el asedio constante del capitalismo mundial. Su figura se alzó en uno de los períodos más convulsos de la historia humana, cuando la joven Unión Soviética se encontraba rodeada de enemigos internos y externos, obligada desde el primer día a combatir por su propia existencia.

La lucha de clases no desapareció con la Revolución de Octubre, al contrario, se recrudeció. Tras la caída del viejo orden zarista, los restos de la aristocracia, la burguesía y los sectores contrarrevolucionarios organizaron una guerra despiadada contra el nuevo poder soviético. Los llamados “blancos”, apoyados por catorce potencias extranjeras, intentaron estrangular la revolución antes de que pudiera consolidarse. En aquel escenario de hambre, sabotaje, invasión y guerra civil, Stalin emergió como uno de los dirigentes que defendieron la continuidad del proyecto socialista frente al cerco capitalista internacional.

La herencia de la Primera Guerra Mundial había dejado a Rusia devastada, con una economía atrasada, millones de muertos y una infraestructura prácticamente destruida. Bajo la dirección soviética posterior, y con Stalin en el centro del aparato político, el país emprendió una transformación gigantesca. En apenas unas décadas, una nación predominantemente agraria se convirtió en una potencia industrial capaz de fabricar acero, tractores, locomotoras y armamento pesado a una escala inimaginable para el viejo imperio zarista. Sus partidarios recuerdan especialmente los planes quinquenales, la electrificación masiva, el desarrollo científico y la expansión de la educación y la sanidad pública universal. Allí donde antes predominaba el analfabetismo y la miseria rural, surgieron fábricas, universidades, presas y ciudades industriales. La URSS pasó de ser un país atrasado a convertirse en una superpotencia capaz de competir ideológica, tecnológica y militarmente con Occidente y eso es lo que jamás le va a perdonar la burguesía.

Pero el momento decisivo llegó con la invasión nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Frente al avance de la maquinaria de guerra de Adolf Hitler, la Unión Soviética soportó el peso principal de la guerra en Europa. La batalla de Stalingrado, el sitio de Leningrado y la ofensiva final sobre Berlín quedaron grabados como episodios de sacrificio colosal. Veinte millones de soviéticos murieron defendiendo su patria socialista, y Stalin fue visto por muchos como el dirigente que mantuvo unido al país en las horas más oscuras. La victoria sobre el nazismo no fue únicamente militar, simbolizó la derrota de una ideología racista y exterminadora que pretendía esclavizar a los pueblos eslavos y destruir el proyecto soviético. La bandera roja sobre el Reichstag se convirtió en un emblema histórico del triunfo antifascista.

Ante los grandes logros conseguidos por la URSS bajo el mando de Stalin, la burguesía ha respondido con un cúmulo de acusaciones exageradas, instrumentalizadas o utilizadas durante décadas como arma ideológica por adversarios de la URSS y del comunismo. Sus críticos señalan la represión política, las purgas y el enorme costo humano de determinadas políticas. Pero esas purgas no fueron llevadas a cabo hasta el extremo porque dejaron viva una quinta columna dentro del bloque soviético encarnada en la figura de Khruschev y su Discurso Secreto del XX Congreso que fue la primera estocada, antes de la Perestroika, para que el bloque socialista volviera al capitalismo traicionando la ciencia del marxismo-leninismo. En las denuncias de esos gusanos lacayos de la burguesía, la memoria de Stalin se tiene que contextualizar dentro del escenario de guerra permanente, sabotaje, conspiraciones y enfrentamiento global en que nació y vivió el Estado Soviético.

Así, para quienes reivindicamos su legado, Stalin representa la voluntad de resistir cuando parecía imposible, la transformación de un país humillado en una potencia mundial y la derrota del nazismo a costa de inmensos sacrificios. Su nombre continúa despertando debates apasionados porque encarna, al mismo tiempo, las grandezas, tragedias y contradicciones de toda una era histórica.

Desde el PCOE, la figura de Stalin permanece ligada inseparablemente a la defensa consecuente del marxismo-leninismo, a la construcción del socialismo y a la derrota histórica del fascismo. Para sus militantes y simpatizantes, Stalin no fue el monstruo caricaturesco dibujado por décadas de propaganda anticomunista, sino un dirigente revolucionario forjado en la lucha de clases más feroz que haya conocido la humanidad contemporánea. Bajo su dirección, la Unión Soviética resistió invasiones, derrotó a la contrarrevolución interna, aplastó al nazismo y demostró que la clase obrera podía levantar un Estado capaz de desafiar y vencer al imperialismo mundial. Allí donde los enemigos del socialismo pretendieron ver únicamente terror y ruina, millones de obreros y campesinos vieron fábricas, escuelas, ciencia, dignidad y soberanía popular.

Para el PCOE, las innumerables calumnias vertidas contra Stalin forman parte de una ofensiva ideológica destinada a desacreditar cualquier experiencia revolucionaria que cuestione el dominio del capital. La burguesía jamás perdonó que la URSS estalinista convirtiera a un país atrasado en una superpotencia obrera y campesina capaz de hacer temblar los cimientos del orden imperialista. Por ello, su memoria continúa siendo objeto de ataques incluso muchas décadas después de su muerte.

Y, sin embargo, pese a todas las campañas de difamación, el nombre de Stalin sigue asociado a una de las mayores gestas de la historia, la construcción del socialismo en condiciones extremas y la victoria heroica del pueblo soviético sobre la barbarie nazi. Para quienes mantenemos viva la bandera roja del comunismo, Stalin permanece como símbolo de disciplina revolucionaria, firmeza ideológica e internacionalismo proletario, es un dirigente cuya huella histórica no puede ser borrada ni por la propaganda ni por las falsificaciones del enemigo de clase.

 

¡Gloria al camarada Stalin!

¡Socialismo o barbarie!

 

Comisión de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)




Los comunistas queremos otro Estado, no otro gobierno

Cada cierto tiempo se hacen públicos varios frentes de corrupción en el partido gobernante para que se dé la alternancia política necesaria en la democracia burguesa. Esto da una sensación de limpieza y libertad a todos los votantes que participan en ese circo político y le da un poco más de vida a un sistema quebrado y basado en la apropiación privada y la corrupción y que no cuestiona para nada la base económica. Para nosotros, los comunistas, la cuestión del Estado no es un problema moral ni administrativo, sino una cuestión de clase.

Como explicó Lenin en su obra “El Estado y la Revolución” (1917), el Estado no es un órgano neutral al servicio de toda la sociedad, sino una maquinaria de dominación de una clase sobre otra. Bajo el capitalismo, el Estado burgués con sus tribunales, parlamentos, policía, ejército y burocracia existe para garantizar el poder económico y político de la burguesía y proteger la propiedad privada de los medios de producción.

Por eso, para los comunistas, la alternancia entre partidos dentro de la democracia burguesa no modifica la esencia del poder. Cambian los gestores, los discursos y las siglas, pero la llave de la caja del dinero sigue en las mismas manos, las de quienes controlan bancos, grandes empresas y capital financiero. La disputa electoral entre partidos del sistema no cuestiona la raíz de la explotación, sino únicamente quién administra el Estado capitalista en cada momento, la lucha por la llave de la caja.

Frente a ello, el marxismo-leninismo plantea la necesidad de un nuevo Estado, el Estado proletario. No para eternizar una nueva dominación, sino para destruir el poder político y económico de la burguesía y abrir el camino hacia una sociedad sin clases. La dictadura del proletariado significa precisamente eso, el poder organizado de la mayoría trabajadora contra la minoría explotadora que históricamente ha vivido del trabajo ajeno. La dictadura del proletariado no es el gobierno arbitrario de un individuo, sino la organización política de toda la clase obrera para transformar la base económica de la sociedad. Su tarea histórica consiste en expropiar a la burguesía, socializar los medios de producción y planificar democráticamente la economía en función de las necesidades sociales y no del lucro privado.

Esto implica poner bajo control colectivo fábricas, tierras, energía, transporte, vivienda y sectores estratégicos, acabando con la anarquía del mercado y con la explotación asalariada. El objetivo no es simplemente cambiar de gobernantes, sino transformar las relaciones de producción que sostienen el capitalismo.

Como Lenin pudo comprobar, esta transición hacia el socialismo mediante el Estado proletario, tiene un carácter temporal que ocupará todo un periodo histórico. Dentro de este Estado no se extingue la lucha de clases, ni la resistencia enconada de los explotadores. Mientras existan clases sociales y resistencia de la burguesía derrotada, seguirá siendo necesaria una organización estatal revolucionaria capaz de defender las conquistas obreras y desarrollar la nueva economía socialista. Pero a medida que desaparezcan las clases y la explotación, el propio Estado irá perdiendo su función coercitiva hasta extinguirse.

El socialismo, así, no se reduce a una reforma del capitalismo ni a una gestión “más justa” del mismo como nos quiere hacer creer la alternancia política en las democracias burguesas. El socialismo es la construcción consciente de una nueva sociedad basada en la propiedad social por la superación del poder de la burguesía, la planificación democrática de la producción y el poder político de la clase obrera organizada. Por eso, la tarea de construir el poder obrero y avanzar hacia el socialismo exige una organización política revolucionaria arraigada en la clase trabajadora, capaz de combatir tanto al capitalismo como a las falsas alternativas que únicamente administran el sistema. En el Estado español, el Partido Comunista Obrero Español defiende la necesidad de organizar a la clase obrera para conquistar el poder político, destruir el Estado burgués y levantar un Estado proletario al servicio de la socialización de los medios de producción y de la construcción del socialismo. Frente a la decadencia del capitalismo y la alternancia vacía de la democracia burguesa, que no es otra cosa que la dictadura del capital sobre el trabajo productivo, la tarea histórica sigue siendo acabar definitivamente con toda explotación.

 

¡Por la dictadura del proletariado!

¡Por la construcción del socialismo!

¡Milita en el PCOE!

 

Comisión de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)




La intrahistoria de la Audiencia Nacional

Nuestro Partido, el PCOE, caracteriza abiertamente de fascista al Estado español. Para definir a este estado así, al que se le cuentan más de doscientos presos políticos en la actualidad, sólo hay que darse una vuelta por sus instituciones para ver claramente su entraña. Nos centraremos en la Audiencia Nacional para ver la falsedad que supuso la tan cacareada Transición Española, régimen en el que se fueron a dormir como fascistas y se despertaron demócratas.

El 4 de enero de 1977 desaparecía oficialmente el Tribunal de Orden Público (TOP), uno de los grandes instrumentos represivos del franquismo contra la clase obrera, comunistas, estudiantes, sindicalistas y militantes antifascistas. Al día siguiente, sin transición real, nacía la Audiencia Nacional. El régimen quería vender aquello como una ruptura democrática y, sin embargo, aquello no fue más que un cambio de nombre para garantizar la continuidad del aparato judicial del Estado franquista. El TOP había sido creado en 1963 para perseguir delitos políticos como huelgas, propaganda ilegal, organización sindical, reuniones clandestinas o simples opositores al régimen. Miles de comunistas y militantes obreros pasaron por sus salas. La supuesta Transición modélica nunca depuró a jueces, policías, ni estructuras represivas. La policía política de Franco se fue a dormir gris y se despertó marrón sin ningún tipo de rendición de cuentas, ni depuración. Muchos magistrados del TOP continuaron ejerciendo dentro de la nueva Audiencia Nacional, conservando la misma lógica de defensa del orden establecido, ahora bajo una estética democrática y parlamentaria.

El cambio exprés entre ambas instituciones demuestra que la Transición española no significó una ruptura con el franquismo, sino una reforma controlada desde arriba para preservar el poder económico, judicial y militar de las élites. Mientras se legalizaban partidos y sindicatos amaestrados, el aparato del Estado permanecía prácticamente intacto. La Audiencia Nacional heredó competencias excepcionales y una función política clara que es proteger la estabilidad del nuevo régimen surgido tras la muerte de Franco.

La continuidad no fue sólo jurídica, sino también ideológica. Donde antes se perseguía al “enemigo del Movimiento”, después se ha perseguido al “enemigo de la democracia”. Cambiaron los discursos, pero el objetivo siguió siendo contener cualquier amenaza al orden capitalista y a la unidad del Estado. Por ejemplo, el artículo 2 de la Constitución Española consagra la indisoluble unidad de España y el artículo 38 reconoce la libertad de empresa en el marco de la economía de mercado y encomienda a los poderes públicos garantizar y proteger su ejercicio, o sea, proteger la economía de los capitalistas y la esclavitud asalariada. Por eso, para los comunistas del PCOE, aquella transformación en apenas un día simboliza perfectamente la naturaleza de la Transición, que no fue más que una operación cosmética donde las estructuras fundamentales del franquismo sobrevivieron bajo nuevas siglas. Nuestra memoria antifascista insiste en recordar que no hubo justicia real para las víctimas de la dictadura, ni ruptura efectiva con sus mecanismos represivos. El paso del TOP a la Audiencia Nacional continúa siendo, décadas después, uno de los ejemplos más citados de la continuidad entre franquismo y régimen del 78.

Lenin, en su obra “El estado y la revolución” (1917), establece la definición de estado como un conjunto de estamentos jurídicos y armados para la violencia de una clase social contra otra. En este pequeño recorrido hemos podido constatar el acierto de su definición, en un estado capitalista organizado para reprimir abiertamente a la clase obrera y que ningún cambio cosmético ha conseguido silenciar. Lo que la clase obrera puede esperar de él no es más que una violencia abierta y directa al corazón de nuestra clase y su único antídoto se llama organización obrera y partido comunista. Frente al miedo y la violencia respondemos con organización. Desde estas líneas intentamos despertar tu consciencia de clase y la necesidad de militar en el PCOE ante este escenario dantesco.

¡Contra el fascismo, organización obrera!

¡Por la conquista del estado proletario!

¡Milita en el PCOE!

 

Comisión de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)




Qué es el fascismo

El fascismo se podría definir como el dominio del capital financiero sobre el capital productivo, lo que redunda en, al sostener la misma producción con una masa de capital más grande, una inflación desbocada que es cómo financian su gasto militar a costilla de la clase obrera, que ve muy comprometida su subsistencia por la guerra abierta o por el encarecimiento derivado de la lucha del capital financiero por expoliar las materias primas.

El fascismo, desde la concepción marxista-leninista desarrollada por Georgi Dimitrov, no constituye simplemente una forma autoritaria de gobierno, ni una desviación moral de la democracia burguesa, sino la expresión política extrema del capitalismo monopolista en su fase de crisis histórica. Dimitrov, en su informe “La clase obrera contra el fascismo” (1935) en el VII Congreso de la Internacional Comunista, lo definió como “la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero”. Esta definición sitúa al fascismo no sólo en el terreno de las ideas abstractas, sino en la estructura material de la sociedad capitalista y en las necesidades concretas de la burguesía monopolista.

Mientras el liberalismo burgués puede gobernar mediante el parlamentarismo, la alternancia política y ciertas concesiones económicas a las masas obreras, el fascismo aparece cuando esas formas dejan de ser suficientes para garantizar la reproducción del capital. No surge porque una nación pierda sus valores democráticos, sino porque las contradicciones internas del capitalismo alcanzan un punto en el que la burguesía ya no puede mantener su dominio mediante métodos ordinarios. La democracia burguesa y el fascismo no son sistemas opuestos en esencia de clase, ambos representan la dictadura de la burguesía y la única diferencia reside en la forma de ejercerla.

En la etapa imperialista del capitalismo descrita por Lenin, “Imperialismo, fase superior del capitalismo” (1917), hace ya más de un siglo describe como la economía queda dominada por monopolios, bancos y oligarquías financieras que concentran el capital y subordinan el Estado a sus intereses. La acumulación de capital llega progresivamente a límites históricos que llevan a la sobreproducción, la caída de la tasa de ganancia, el endeudamiento estructural, la destrucción de fuerzas productivas, el desempleo masivo y las guerras por nuevos mercados y recursos. El imperialismo intenta resolver estas contradicciones mediante la exportación de capital, el saqueo colonial y la militarización permanente. Sin embargo, esas soluciones sólo aplazan la crisis y profundizan la decadencia general del sistema.

Cuando la crisis económica amenaza con transformarse en crisis revolucionaria, la burguesía monopolista abandona progresivamente la forma de democracia burguesa que anteriormente le resultaba útil. El fascismo aparece entonces como mecanismo de salvación del capital. Su función histórica consiste en destruir las organizaciones obreras, liquidar los derechos democráticos, militarizar la sociedad, imponer el nacionalismo chovinista y reorganizar el Estado para garantizar por la violencia la continuidad de la acumulación capitalista.

Por eso, para los comunistas, el fascismo no es un accidente histórico ni una anomalía psicológica colectiva, sino una tendencia inherente al imperialismo en descomposición. Cuanto más se agudiza la crisis estructural del capitalismo, más necesita la burguesía recurrir a formas abiertas de coerción. La concentración monopolista reduce el margen para las reformas sociales y la competencia interimperialista empuja hacia la guerra. Entonces el deterioro de las condiciones de vida de la clase obrera genera descontento y aparece el miedo de la burguesía a la revolución de la clase obrera que la conduce hacia métodos cada vez más expeditivos y represivos.

El fascismo intenta movilizar a sectores desesperados de la pequeña burguesía, capas arruinadas y masas desclasadas contra la clase obrera organizada. Se presentan demagógicamente como patriotas honrados, con un fuerte discurso identitario y populista, pero en realidad su misión es preservar intacta la propiedad privada de los monopolios y fortalecer el poder del gran capital. Bajo consignas de unidad nacional, destruye la lucha de clases por la fuerza y subordina toda la vida social a los intereses del capital financiero y del aparato militar.

Desde esta perspectiva, las potencias imperialistas tienden históricamente hacia formas fascistas conforme se erosiona su base económica. El agotamiento de la expansión capitalista, la financiarización parasitaria, la pérdida de hegemonía internacional y la incapacidad de garantizar niveles de vida estables, obligan al Estado burgués a intensificar el control social y la represión. El deterioro económico genera polarización política y, a su vez, la polarización amenaza la estabilidad del sistema. Entonces el capital responde reforzando mecanismos autoritarios. Es por eso que el imperialismo se convierte en la antesala de la revolución socialista.

La transición hacia formas fascistas puede no reproducir exactamente los modelos clásicos de Italia o Alemania, pero conserva intacta su esencia de clase, la concentración extrema del poder ejecutivo, persecución de organizaciones revolucionarias, la propaganda nacionalista, la militarización ideológica, criminalización de la disidencia y subordinación total del aparato estatal a los intereses del capital monopolista.

Así, para los comunistas, el fascismo constituye la manifestación política de la decadencia histórica del imperialismo. No es una alternativa al capitalismo, sino su última línea de defensa cuando las contradicciones económicas hacen imposible gobernar mediante el consenso liberal. La lucha contra el fascismo no puede separarse, por tanto, de la lucha contra el imperialismo y contra el sistema capitalista que lo engendra.

Frente al avance del fascismo, reafirmamos la necesidad de la unidad de la clase obrera hacia la construcción de la dictadura del proletariado, la forma más radical de democracia, y que dinamitará la base económica capitalista que lo engendra. Como señaló Georgi Dimitrov, el fascismo no es una fuerza ajena al capitalismo, sino su expresión más reaccionaria y violenta cuando las élites pretenden aplastar la organización obrera y perpetuar su dominio. Por eso, hoy, el deber histórico de la clase obrera de nuestro país es fortalecer al PCOE, como la más elevada expresión de la solidaridad internacionalista y de la lucha consciente contra toda forma de explotación, racismo y odio reaccionario. Solo un partido comunista fuerte podrá derrotar al fascismo y abrir el camino hacia una sociedad verdaderamente justa, socialista y emancipada.

 

¡Muerte al fascismo!

¡Por el derrocamiento de la base económica asesina del capitalismo!

¡Antifascismo, solidaridad e internacionalismo!

 

Comisión de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)




La apropiación privada del trabajo social como base del capitalismo

La sociedad capitalista se sostiene sobre varias contradicciones irresolubles. Una de ellas reposa en que mientras el trabajo es social, la apropiación de sus frutos es privada. Millones de trabajadores producen colectivamente toda la riqueza existente (en las fábricas, en los campos, en las oficinas, en la logística, en los hospitales y en cada engranaje de la economía), pero el resultado de ese esfuerzo común termina concentrado en manos de una minoría parasitaria que vive de la explotación ajena. El capitalismo convierte el trabajo humano en mercancía y reduce la vida de la clase obrera a una función subordinada a la acumulación de su beneficio privado.

Karl Marx, en su obra “El capital” (1867), explicó este mecanismo mediante el concepto de plusvalía. El trabajador vende su fuerza de trabajo, convertida en mercancía, a cambio de un salario. Pero durante la jornada laboral produce un valor inmensamente superior al que recibe como pago. Esa diferencia entre el valor creado por el obrero y el salario que percibe es la plusvalía, la fuente real de la ganancia capitalista. El capitalista no obtiene riqueza por trabajar más, ni por producir directamente, sino por apropiarse del amplísimo excedente de trabajo generado por quienes sí producen. Así, toda fortuna privada descansa sobre una base colectiva de explotación.

El trabajo bajo el capitalismo se encuentra además disciplinado y militarizado. La fábrica, la oficina y la empresa funcionan como estructuras jerárquicas donde la obediencia, la vigilancia y la subordinación son condiciones permanentes. El tiempo del trabajador deja de pertenecerle y cada minuto es controlado en función de la productividad y del beneficio privado. La tecnología, que podría liberar al ser humano de cargas innecesarias, se utiliza para intensificar la explotación, aumentar la extracción de plusvalía y engrandecer las filas de los desempleados. El desempleo y la precariedad actúan como mecanismos de presión constantes para obligar a la clase obrera a aceptar condiciones cada vez más duras. En este escenario, el que de todo se apropia nada produce. Sumado a que las empresas, como destacamos en la primera línea de este párrafo, funcionan sin necesidad del explotador capitalista, éste no se convierte sólo en un sujeto nefasto para la prosperidad social de los productores, sino en alguien sin función productiva que debe ser extirpado.

Frente a esto, la burguesía aparece como una clase parasitaria, una rémora histórica que nada produce y de todo se apropia. No crea el pan, no levanta edificios, no mueve mercancías, no cura enfermos, no fabrica herramientas y, sin embargo, controla los medios de producción y se adjudica el derecho de disponer del trabajo colectivo de la sociedad. Su riqueza no nace del esfuerzo propio, sino de la apropiación sistemática del esfuerzo ajeno. Mientras la clase obrera produce el mundo, la burguesía se limita a administrar la propiedad y garantizar, mediante el Estado y toda la superestructura, la continuidad de ese saqueo legalizado.

Por eso, esta contradicción del capitalismo no puede resolverse mediante reformas superficiales. Si el trabajo es social, también debe ser social la apropiación de sus frutos. La riqueza producida colectivamente debe pertenecer a quienes la crean. Ese principio constituye la base del socialismo científico que reside en la apropiación social del trabajo social, la planificación democrática de la economía y la eliminación de la explotación del hombre por el hombre.

Pero la burguesía jamás renunciará voluntariamente a sus privilegios. Por eso, la revolución socialista exige organización revolucionaria, conciencia de clase y un partido comunista fuerte, disciplinado y unido a las masas obreras. Sólo una revolución capaz de derribar el poder económico, político e ideológico de los capitalistas puede abrir el camino hacia una sociedad sin explotadores ni explotados. Ese proceso revolucionario, la misión histórica del proletariado, marca el principio del fin histórico de la burguesía y el comienzo de una nueva etapa en la que la humanidad deja atrás la dominación del capital para construir una sociedad basada en la igualdad, la cooperación y el poder de la clase obrera.

Sin una organización disciplinada y arraigada en la clase obrera, la burguesía parasitaria mantendrá su dominio. Esa organización es el partido comunista y es indispensable que dicha organización sea fuerte para organizar a la clase obrera, unificar sus luchas y darle una dirección política capaz de enfrentar el poder económico, político e ideológico de la burguesía. Su función no es sólo resistir, sino construir conciencia de clase, coordinar la acción revolucionaria y preparar las condiciones para transformar la sociedad sobre bases socialistas. Este partido se llama PCOE y te llama a unirte a sus filas para organizar la resistencia y demolición de la apropiación privada capitalista del trabajo social.

 

¡Frente a la apropiación privada del trabajo social, revolución socialista!

¡Por la socialización de los medios de producción!

¡Construye la revolución socialista en el PCOE!

 

Comisión de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)




La importancia de fortalecer al PCOE

En el momento actual, la clase obrera, más que nunca, continúa soportando las consecuencias de un sistema basado en la explotación del trabajo asalariado, la concentración de la riqueza en manos de una minoría y la subordinación de las necesidades humanas a los intereses del capital. La guerra es el síntoma terminal de la fase en la que se encuentra el capitalismo en su fase putrefacta, la imperialista. Frente a esta realidad, se hace más necesaria que nunca la organización consciente y combativa de la clase obrera para emanciparse de esa violencia de la clase burguesa. En este contexto, el PCOE representa una herramienta política fundamental para unir las luchas obreras, defender los derechos conquistados y avanzar hacia una transformación profunda de la sociedad. Sin organización revolucionaria, la clase obrera permanece fragmentada y vulnerable ante los ataques constantes del capital y sus instituciones armadas.

Fortalecer el PCOE significa generar la capacidad de la clase obrera para luchar por la superación del sistema de explotación capitalista y la construcción del socialismo, basado en la ciencia del marxismo-leninismo, ciencia que ha vuelto invencible a la clase obrera en el discurrir de la historia y que la ha plegado a los pies del imperialismo cuando ha sido traicionada. Fortalecer el PCOE significa construir una alternativa política que supere definitivamente el sistema de explotación y dominación que impone la esclavitud asalariada.

La emancipación de la clase obrera solo puede ser obra de la propia clase obrera organizada en su partido comunista, su misión histórica. Por ello, llamamos a trabajadores, jóvenes, estudiantes y sectores populares a participar activamente en la construcción de un movimiento revolucionario fuerte, disciplinado y arraigado en las luchas del pueblo.

Hoy más que nunca, es necesario elevar la conciencia de clase, fortalecer la solidaridad entre la clase obrera y defender la unidad frente a quienes buscan dividirnos. La historia demuestra que ningún derecho fue conquistado sin organización y lucha colectiva. Sólo con unidad, conciencia y organización, avanzaremos hacia una sociedad donde la producción esté al servicio de las necesidades humanas y no del beneficio privado.

 

¡Fortalecer el PCOE es fortalecer la lucha de la clase obrera!

¡Por una sociedad socialista sin explotación ni opresión!

¡Por la emancipación de la clase obrera!

 

Comisión de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)




Por la salida de la OTAN y la UE

El Estado español se encuentra en una encrucijada histórica en la que las decisiones económicas y geopolíticas no pueden seguir subordinadas a intereses ajenos a la mayoría social. La pertenencia a la OTAN y a la Unión Europea no ha significado soberanía ni bienestar real para la clase obrera, sino una progresiva pérdida de control político, económico y militar. Como nos muestra la agresión a Irán por parte de los monopolios norteamericanos y su ventrílocuo, el gorila rubio llamado Donald Trump, la OTAN no es ninguna alianza defensiva. La participación del Estado español en la alianza implica cargar una mochila de problemas que no le corresponden, como guerras en las que se defienden los intereses de los monopolios norteamericanos y en las que el Estado español actúa como mero limpiabotas o destinar ingentes cantidades de recursos públicos para el rearme para perpetuar guerras y rutinas de dominación global. En esta tesitura, salir de la OTAN no es solo una cuestión de política exterior, sino una condición necesaria para recuperar una política de paz, independencia y cooperación internacional basada en la solidaridad entre pueblos.

En el otro extremo tenemos a la Unión Europea, un bloque imperialista en franca decadencia que sirve de escudero a los designios del imperialismo norteamericano y que ha creado un marco económico donde los estados miembros ven coartadas su capacidad para desarrollar políticas propias, donde la subordinación al capital financiero ha debilitado y subordinado a los servicios públicos para precarizar todavía más las condiciones de vida de la clase obrera. La OTAN y la UE no son proyectos neutrales, sino una estructura al servicio de las grandes corporaciones y del capital transnacional. Por eso, romper con este marco permitirá avanzar hacia un modelo económico planificado, centrado en las necesidades sociales y no en el beneficio privado.

En este contexto, los estados miembros de la OTAN han firmado un documento en el que se comprometen a aumentar hasta el 5% del PIB para 2035 el gasto militar, lo que significa la total sumisión del bienestar social de la clase obrera hacia la militarización y la definitiva asfixia de los servicios públicos que capitalizarán dicho rearme. El imperialismo norteamericano y sus esbirros se encuentran en un franco declive, por ello no tienen otro camino para sobrevivir que la militarización de la economía y el fascismo para reprimir sin piedad a la clase obrera. El III Pleno del Comité Central del PCOE, de 12 de julio de 2025, ya planteaba la necesidad de salir de la OTAN y la UE como objetivo inmediato de la clase obrera. La salida de la OTAN y de la UE representa un paso decisivo hacia la recuperación de la soberanía popular y el control democrático de nuestros recursos, liberándonos de estructuras que priorizan los intereses del capital y la confrontación militar sobre las necesidades de la clase obrera. A este objetivo sólo se puede llegar mediante la organización de la clase obrera, guiada por un partido disciplinado y centralizado, que la dirija hacia la construcción del Socialismo para que la emancipe de la violencia y el expolio imperialista. Ese Partido en el Estado español se llama PCOE y te llama a unirte a sus filas para combatir las estructuras imperialistas.

 

¡Por la salida inmediata de la UE y la OTAN!

¡Por el combate al imperialismo!

¡Socialismo o barbarie!

 

Comisión de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)




La Internacional Comunista

El desarrollo del capitalismo lo lleva a internacionalizarse, creando bloques que pelean por un nuevo reparto del mundo mediante la conquista de nuevos territorios y materias primas. Por eso, la historia del capitalismo es inseparable de la fase superior que hemos descrito, la imperialista. En su recorrido, el imperialismo se expande, somete a otras economías, saquea sus recursos y castiga a pueblos enteros para sostener la acumulación de unos pocos. El imperialismo es un sistema globalizado de dominación y de nada sirve una resistencia fragmentada. Por lo tanto, no se puede responder aisladamente a un enemigo común que actúa coordinado a escala mundial.

En este escenario, la necesidad de una Internacional Comunista no es una consigna abstracta sino la exigencia política del momento actual, estimulada, además, por la fase terminal y putrefacta en la que se halla el capitalismo, la fase imperialista que hemos descrito. Por todo lo que queda expuesto, es obvio que cuando la clase obrera internacional logre articular a nivel internacional la respuesta contra la violencia y el expolio del imperialismo será capaz de enfrentarlo en sus tres frentes, económico, político y militar, convirtiendo la solidaridad entre los pueblos en una estrategia revolucionaria.

Pasemos a ver su proceso de lucha. La Internacional Comunista nos va a permitir dar una respuesta global a la violencia imperialista que funciona a nivel global. La Internacional Comunista va a permitir unificar objetivos, compartir experiencias y evitar el aislamiento, que es la victoria del imperialismo. Además, servirá de herramienta para coordinar huelgas, elevación a nivel internacional de la conciencia de clase del proletariado internacional y de procesos de resistencia y desarrollo revolucionario de dichos procesos. Vencer al imperialismo exige organización, claridad ideológica y, sobre todo, unidad internacional. Sin ella, la resistencia seguirá siendo dispersa; con ella, se abre la posibilidad real de construir un mundo libre de explotación.

Pero esta Internacional Comunista no nos va a caer del cielo, habrá que conquistarla. Desde el PCOE, a través de su Comité de Relaciones Internacionales y de la actividad de su Comité Central, trabaja infatigablemente para la creación de la misma. Mediante la formación política, la organización de base y la solidaridad internacionalista, se sientan las bases para un frente común capaz de enfrentar al capital global y abrir paso a una sociedad sin explotación, donde el poder esté en manos de quienes producen la riqueza. El Partido, arraigado en la lucha cotidiana de la clase obrera, avanza con firmeza en la construcción de la Internacional Comunista, tejiendo la unidad entre pueblos y organizaciones revolucionarias más allá de fronteras. Por eso, te llama a unirte a sus filas y trabajar hacia la revolución mundial.

¡Proletarios del mundo, uníos!

¡Una sola lucha, una sola clase, una Internacional!

¡Internacionalismo o barbarie!

 

Comisión de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)




Las trabas del desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo

En la sociedad capitalista, las fuerzas productivas —el conjunto de medios, herramientas y capacidades humanas para producir— tienden a desarrollarse más rápido que las relaciones de producción existentes. Esta divergencia se produce porque el trabajo social, resultado de la colaboración colectiva, se encuentra bajo la apropiación privada y los medios de producción son propiedad de unos pocos. Como consecuencia, la sociedad experimenta contradicciones como son un aumento de la capacidad productiva y, a la vez, su distribución sigue limitada por relaciones de propiedad que impiden aprovechar plenamente ese potencial. Esta tensión entre el desarrollo técnico y la organización social genera crisis económicas periódicas y desigualdades crecientes, mostrando que el sistema capitalista se vuelve un obstáculo para el progreso de la humanidad. Llegados a este punto, se ve con una claridad meridiana que únicamente la revolución socialista puede revertir la situación mediante la socialización de los medios de producción y el fin de la apropiación privada del trabajo social, orientando la riqueza hacia el beneficio colectivo y no hacia la acumulación privada de unos pocos. Así, la revolución socialista no solo es una transformación económica, sino también una vía para armonizar las fuerzas productivas con las relaciones de producción social que las sostienen.

Vamos a analizar ahora por qué ocurren estas contradicciones profundas. Por un lado, la capacidad productiva aumenta, la tecnología avanza, la producción está militarizada y automatizada y la eficiencia se incrementa. Por otro lado, la distribución de los bienes producidos continúa limitada por estructuras de propiedad que no permiten aprovechar plenamente el potencial generado. Esta tensión entre desarrollo técnico y organización social se manifiesta en crisis económicas periódicas, desempleo estructural y desigualdades crecientes, evidenciando que el capitalismo se convierte en el peor lastre para el progreso general de la clase obrera que es la humanidad entera.

Por esta vía, los comunistas demostramos que la única forma de superar esta contradicción consiste en transformar radicalmente las estructuras de propiedad, lo que redunda en que la producción no estará subordinada a la acumulación privada de unos pocos, sino orientada al bienestar común. Así, la revolución socialista no se concibe únicamente como un cambio económico, sino como una reconfiguración integral de la sociedad, destinada a armonizar las fuerzas productivas con las relaciones de producción sociales que las sostienen y garantizar que los frutos del trabajo colectivo beneficien a toda la comunidad de productores liberados del yugo capitalista.

En definitiva, los comunistas aspiramos a una sociedad donde el desarrollo técnico y científico deje de estar limitado por intereses particulares, permitiendo que el progreso material se traduzca en avances sociales, justicia económica y mayor equidad entre todos los miembros de la sociedad. Esto no nos va a caer del cielo, tenemos que lograrlo mediante la lucha más radical contra el capital y su acumulación privada. Esto pasa por un partido comunista centralizado y disciplinado que sea la vanguardia de la clase obrera en su lucha por demoler la explotación y que en el estado español se llama PCOE. Desde el Partido integramos todas las luchas parciales bajo las siglas del FUP (Frente Único del Pueblo) para dar fuerza y dirección a la tarea de la emancipación de la clase obrera de las garras de la explotación capitalista y te llamamos a unirte a nuestras filas.

 

¡Por la emancipación de la clase obrera!

¡Por el fin de la explotación capitalista!

¡Por la revolución socialista!

Comisión de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)