1

La sagrada propiedad privada contra el derecho a la vivienda digna en la República Francesa [ESP/FRA]

Los problemas se universalizan y las medidas de los Estados capitalistas también.

Frente a la miseria que estalla en todo el mundo a medida que el régimen capitalista se estanca en su crisis más profunda que nunca, todavía más por las medidas tomadas para combatir el COVID-19, los gobiernos de los países capitalistas han decidido dar otra vuelta de tuerca: criminalizar la pobreza de la que son cómplices.

En Francia, según la Federación de Actores de la Solidaridad (FAS) y Unicef Francia, un millar de niños han dormido en la calle o en refugios improvisados la víspera del inicio escolar.

Antes de la explosión del COVID-19, en febrero de 2020, más de 902.000 personas carecían de un alojamiento propio. Según el Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos (INSEE) de Francia, en 2019 había 3 millones de viviendas vacías en Francia, 250 mil personas sin techo y 2 millones de demandantes de una vivienda de alquiler moderado (HLM).

Hace unos días, la asociación sin ánimo de lucro Secours Populaire Français acaba de alertar del estallido de pobreza en Francia. Según la secretaria general de la asociación, Henriette Steinberg, no hemos vivido jamás una situación parecida desde la Segunda Guerra Mundial, y hay urgencia. Como botón de muestra, sólo en la universidad Paris-8 ha sido necesario repartir más de 1800 lotes de comida a los estudiantes durante el confinamiento. Los profesores de dicha universidad han tenido que recolectar 50.000 euros de su propio bolsillo.

¿Cómo hacer frente al estallido de los desahucios de las familias de sus casas cuando no aguanten más después de meses sin ningún ingreso debido a los despidos masivos y los cierres de empresas? En definitiva, ¿cómo hacer frente al estallido de personas que viven en la calle?

La respuesta de los gobiernos capitalistas no es dar una solución a esas familias y personas, porque eso iría contra la gran propiedad privada, en este caso inmobiliaria y del suelo, sagrada y protegida por encima de cualquier derecho fundamental escrita en la constitución de cualquier República capitalista. Muy al contrario, los gobiernos han decidido convertir en delincuentes a las familias trabajadoras que han sido y serán desahuciadas por la fuerza de la ley del mercado.

Con ese objetivo, tanto en España como en Francia, los “mass media”, han lanzado una campaña contra los “okupas” para provocar la compasión por los propietarios de casas. Ha bastado un caso de una pareja de jubilados de Lyón cuya residencia secundaria ha sido ocupada, mediatizado en todos los platós de los canales informativos, para que el Estado banquero presidido por Emmanuel Macron, vía el Ministerio de Vivienda, introduzca en la Asamblea Nacional una enmienda al proyecto de ley ASAP (Aceleración y Simplificación de la Acción Pública), que coincide con la expresión inglesa “As Soon As Possible” queriendo decir “tan pronto como sea posible”, para acelerar los desahucios. Hasta ahora las residencias secundarias u ocasionales no se consideraban “domicilios”, y por ello los procedimientos de desahucio eran menos flexibles.

Con esta enmienda, los prefectos podrán ejecutar un desahucio 76 horas después del requerimiento contra los ocupantes de una vivienda vacía.

Al mismo tiempo, el gobierno ha retirado cantidades considerables de las ayudas personales a la vivienda (APL) y a las viviendas sociales (HLM): 800 millones de euros menos en 2018, 890 millones en 2019 y 1,3 mil millones en 2020.

Sin embargo, lo que no se ha tocado para nada es la multimillonaria riqueza acumulada por la burguesía francesa. Según el último estudio publicado en septiembre por la ONG Intermon Oxfam, el patrimonio acumulado por las 500 fortunas más grandes de Francia ha aumentado un 3 % en 2020, batiendo así un nuevo récord a pesar de la crisis. El multimillonario francés Bernard Arnault ha visto aumentar su fortuna un 26% entre el inicio de la pandemia y finales de mayo.

Las contradicciones de las relaciones capitalistas de producción, con el desarrollo actual de las fuerzas productivas, son cada vez más evidentes. Mayor capacidad para producir riqueza, mayor desempleo se produce bajo la propiedad privada de los medios de producción. Mayor riqueza acumulada en el bando de los propietarios, mayor miseria acumulada en el bando de los proletarios. Sin la propiedad colectiva de los medios de producción, es imposible planificar la economía y los recursos en función de las necesidades de toda la sociedad.

Los problemas se universalizan y la solución también debe universalizarse. Por tanto, frente a la dictadura de los mercados y capitales internacionales contra las necesidades de las clases trabajadoras de todos los países, hay que imponer la dictadura del proletariado a escala internacional, el Socialismo como primera etapa hacia el Comunismo, para acabar con tales contradicciones que provocan tanto sufrimiento a los pueblos del mundo entero.

Y para dar ese paso, es necesario construir un nuevo Movimiento Comunista Internacional sobre la base de la solidaridad, el respeto y la defensa del marxismo-leninismo, donde no tengan lugar los viejos métodos y vicios.

 

¡Viva el Internacionalismo Proletario!

Por la instauración del Socialismo a nivel mundial

Por la reconstrucción del Movimiento Comunista Internacional

SECRETARÍA DE RELACIONES INTERNACIONALES DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA OBRERO ESPAÑOL (P.C.O.E)

 

La sacrée propriété privée contre le droit au logement digne à la République Française

 

Les problèmes s’universalisent et les mesures des États capitalistes aussi.

Face à la misère qui grimpe partout dans le monde à fur et à mesure que le régime capitaliste reste coincé par sa crise plus profonde que jamais, encore plus à cause des mesures prises pour combattre la COVID-19, les gouvernements des pays capitalistes ont décidé donner encore un autre tour de manivelle : criminaliser la pauvreté de laquelle ils sont complices.

Selon la Fédération des Acteurs de la Solidarité (FAS) et Unicef France, un millier d’enfants ont dormi à la rue ou dans des abris de fortune la veille de la rentrée scolaire en France.

Encore avant l’explosion de la COVID-19, en février 2020, plus de 902.000 personnes étaient privées d’un logement personnel en France. Selon l’Insee, en 2019 il y avait 3 millions de logements vacants en France, 250 mille sans-abri et 2 millions de demandeurs de HLM.

Il a quelques jours, l’association à but non lucratif Secours Populaire Français viens d’alerter de la  flambée de pauvreté en France. Selon la secrétaire générale de l’association, Henriette Steinberg, «Nous navons jamais vécu une situation pareille depuis la Deuxième Guerre mondiale, et il y a urgence». Comme exemple, à l’université Paris-8, il a fallu livrer plus de 1 800 colis alimentaires aux étudiants durant le confinement. Les professeurs de fac ont du apporter 50.000 euros.

Comment faire face à la flambée des expulsions de familles de chez eux quand ils ne tiendrons plus après de mois sans aucun revenu à cause des plans sociaux et des fermetures d’entreprises? En définitive, comment faire face à la flambée des personnes qui dorment à la rue?

La réponse des gouvernements capitalistes n’est pas donner une solution à ces familles et personnes, car ça irais à l’encontre de la grande propriété privée, dans ce cas l’immobilière comme le foncier, sacrée et protégée par dessus de n’importe quel droit fondamental écrit sur la constitution de n’importe quelle République capitaliste. Bien au contraire, les gouvernements ont décidé convertir en délinquants les familles travailleuses qui ont été et seront expulsées par la force de la loi du marché.

Avec ce bût, en Espagne comme en France, les mass-médias ont lancé une campagne contre les «squats» pour provoquer la compassion aux propriétaires de maisons. Il a suffit un cas du couple de retraités à Lyon qui a vu occupée sa résidence secondaire, médiatisé sur touts les plateaux de chaînes d’infos, pour que l’État banquier présidé par Emmanuel Macron, via le Ministère de Logement, fasse passer à l’Assemblée nationale un amendement au projet de loi ASAP (Accélération et Simplification de l’Action Publique), qui coïncide avec l’expression anglaise «As Soon As Possible» voulant dire « aussi tôt comme possible», pour accélérer les expulsions. Jusqu’à là, les résidences secondaires ou occasionnelles n’étaient pas considérées «domiciles», et pour telle raison les procédures d’expulsions étaient moins souples.

Avec cet amendement, les préfets pourront exécuter l’expulsion en 76h après une demande de mise en demeure des occupants d’un logement vacant.

En même temps, le gouvernement à enlevé des montants considérables aux HLM: 800 millions en moins en 2018, 890 millions en 2019 et 1,3 milliard en 2020.

Par contre, ce qui n’est pas du tout touché c’est la milliardaire richesse cumulée par la bourgeoisie française. Selon la dernière enquête publiée en septembre par l’ONG Intermon Oxfam, le patrimoine cumulé des 500 plus grandes fortunes en France a progressé de 3% en 2020, battant ainsi un nouveau record malgré la crise. Le milliardaire français Bernard Arnault a vu sa fortune augmenter de 26 % entre le début de la pandémie et la fin du mois de mai.

Les contradictions des rapports de production capitalistes, avec le développement actuel de forces productives, sont de plus en plus évidentes et insolubles. Plus de capacité pour produire de la richesse, plus de chômage s’est produit sous la propriété privée des moyens de production. Plus de richesse cumulée au camp des propriétaires, plus de misère cumulée au camp des prolétaires. Sans la propriété collective des moyens de productions, impossible de planifier l’économie et les ressources en fonction des besoins de toute la société.

Les problèmes s’universalisent et la solution doit aussi s’universaliser. En conséquence, face à la dictature des marchés et capitaux internationaux contre les besoins des classes travailleuses de tous les pays, il faut imposer la dictature du prolétariat à échelle internationale, le Socialisme comme première phase vers le Communisme, pour finir avec telles contradictions qui provoquent tellement des souffrances aux peuples du monde entier.

Et pour faire ce pas là, il faut bâtir un nouveau Mouvement Communiste International sur le base de la solidarité, le respect et la défense du marxisme-léninisme, où les vieux méthodes et mauvaises habitudes n’auront pas de la place.

 

Vive l’internationalisme prolétarien

Pour l’instauration du Socialisme à échelle mondiale

Pour la reconstruction du Mouvement Communiste International

SECRÉTARIAT DE RELATIONS INTERNATIONALES DU COMITÉ CENTRAL DU PARTI COMMUNISTE OUVRIER ESPAGNOL (P.C.O.E.)




La libertad no se puede bloquear

El 1 de enero de 1959, el Ejército rebelde entra triunfante en La Habana tras derrotar al régimen dictatorial de Fulgencio Batista Zaldívar. Desde entonces, el imperialismo ha hecho todo lo posible por asfixiar al país.

Desde el fracaso militar y político que supuso para John F. Kennedy [presidente 1961-1963] el tratar de invadir sin éxito Bahía de Cochinos en abril de 1961, los norteamericanos no han descansado en su empeño de socavar la Revolución e imponer arduas condiciones al pueblo cubano.

Tras esa victoria, Cuba se enfrentó – y lo sigue haciendo en la actualidad – a otro enorme enemigo: el bloqueo criminal impuesto por Estados Unidos. Así, en enero de 1962, se pone en marcha la Operación Mangosta a fin de provocar una rebelión en el país saboteando la economía, lo que sería la excusa perfecta para la intervención militar directa de los Estados Unidos. Esto se transformaría, un mes después, en la guerra económica que conocemos hoy día; agresión contra la producción azucarera, el transporte, el turismo, la salud pública, las comunicaciones, los servicios, el desarrollo de la cultura, el desarrollo industrial y las relaciones con terceros países.

“Podemos definirlo como un conjunto de acciones ejercidas por EE.UU. contra cuba con el objetivo de asfixiarla, aislarla e inmovilizarla. […] El objetivo del bloqueo es impedirle a Cuba el vínculo comercial no sólo con EE.UU. sino con el resto de los mercados internacionales. Así, Cuba no puede entablar relaciones comerciales con empresas subsidiarias de compañías estadounidenses, se imponen sanciones a barcos que toquen puertos cubanos con fines comerciales y, en líneas generales, los EE.UU. presionan a otros estados y organismos internacionales para que no entablen relaciones comerciales ni brinden asistencia a Cuba.” (Alejandra Ares & Lucía Desages, 2019)

Como sabemos, cada crisis aumenta la tendencia al monopolio; “y la crisis – las crisis de toda clase, sobre todo las crisis económicas, pero no sólo éstas – aumentan a su vez en proporciones enormes la tendencia a la concentración y al monopolio” (Lenin, 1916), lo cual evidencia de forma exponencial la fase imperialista del capitalismo. La absoluta bancarrota de la economía norteamericana es la que lleva al gobierno estadounidense a la guerra a todos los niveles; a la guerra económica y comercial contra otras potencias imperialistas – China, Rusia, la Unión Europea –; a la guerra mediante el bloqueo económico – Cuba, Irán, Venezuela, etc. –; así como la guerra militar en Europa del Este, Asia y Oriente Medio.

Según estadísticas del propio gobierno cubano, el 70% de la población actual del país nació bajo el bloqueo norteamericano y sus efectos. Todos los años comprobamos la completa inutilidad que representa la ONU, escenario donde es recurrente el debate sobre el bloqueo de Cuba y sus consecuencias para la isla. Una inutilidad que se manifiesta en el hecho de que, aunque Cuba gane las votaciones, estas no tienen carácter resolutivo, por lo que Estados Unidos, que además es uno de los cinco miembros que conforman el Consejo de Seguridad de la ONU, es acusado y juez al mismo tiempo.

Esta semana conocíamos que EE.UU. profundizará en el bloqueo de Cuba. El pasado lunes 21 de septiembre, el Secretario de Estado de EE.UU., Mike Pompeo, anunció la imposición de sanciones a la empresa cubana de remesas American International Services (AIS). El aumento de las hostilidades contra la isla tiene el claro objetivo de favorecer el voto de Florida hacia Donald Trump. Así mismo, dos días después, Trump anunció que ampliará las sanciones contra el sector turístico del país, prohibiendo a los ciudadanos estadounidenses alojarse en propiedades pertenecientes al gobierno de La Habana, así como también se restringirá la importación de licor y tabaco cubano, y la asistencia a reuniones o conferencias en la isla. Esto se suma a las más de 200 empresas cubanas que conforman hoy día el listado de instituciones con las cuales ningún ciudadano estadounidense puede llevar a cabo ninguna clase de transacción. Esto provocó que el debate sobre el bloqueo criminal que Estados Unidos mantiene contra Cuba protagonizara la sesión final del Debate General del 75º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU (22-29 de septiembre de 2020) bajo el título Necessity of ending the economic, comercial and financial embargo imposed by the United States of America against Cuba.

Pese a la pandemia, un contexto más que necesario para justificar medidas concretas para el levantamiento definitivo del bloqueo estadounidense, observamos justamente lo contrario, que el cerco se endurece. Cuba ha proporcionado asistencia médica a más de 40 países durante la pandemia, 45 brigadas médicas distribuidas en países de África, Asia, América Latina y Europa, a solicitud de los propios gobiernos de esas naciones, siendo los médicos cubanos un ejemplo de internacionalismo proletario. Sin embargo, Estados Unidos no ha dudado ni por un instante, en su campaña deshonesta, en tratar de desacreditar a las brigadas médicas internacionalistas, a través de su delegado Garret Grigsby, durante una sesión del 58º. Consejo Directivo de la Organización Panamericana de Salud (OPS), el cual pidió dar seguimiento a los médicos cubanos aludiendo a un supuesto tráfico de personas. Ante esto, El ministro de Salud de Cuba, José Ángel Portal, contentó: “Si a EE. UU. le importara los ingresos del personal de la salud de Cuba, ya habría levantado realmente el bloqueo y en lugar de atacar a Cuba, que ha sido capaz de ayudar a otros países en medio de esta pandemia, debería mejorar su gestión catastrófica ante la pandemia y garantizar la salud de sus ciudadanos”.

El Estado norteamericano es, sin duda alguna, el mayor enemigo de la humanidad. Un Estado que representa la podredumbre y la decadencia del capitalismo como ningún otro en el mundo. Por otro lado, Cuba es hoy día, y pese al bloqueo, un ejemplo en materia de sanidad, educación y cultura, con el enorme condicionante de haber estado acosada por la mayor potencia imperialista y criminal de todos los tiempos. Cuba ha sido sometida a una larga asfixia económica y financiera, seis décadas en la que los presidentes norteamericanos, sin distinción partidaria, han presionado internacionalmente para aislar al país y precipitarla a una crisis que derroque al gobierno. Pese a ello, el desarrollo humano y social ha sido increíble, atestiguando la superioridad del socialismo sobre el régimen capitalista.

A tenor de todo esto, desde el Partido Comunista Obrero Español (PCOE) condenamos frontalmente el bloqueo estadounidense contra Cuba y mantenemos nuestro apoyo al país cubano, que lucha día a día de forma valiente contra el imperialismo.

 

Madrid, 1 de octubre de 2020

SECRETARÍA DE RELACIONES INTERNACIONALES DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA OBRERO ESPAÑOL (P.C.O.E.)

 

Referencias




Libia: un país destrozado por la OTAN

  1. Introducción

Libia, un país que era el ejemplo de desarrollo económico y social de su zona, se levanta hoy débilmente sobre las ruinas de una guerra emprendida por la OTAN; una guerra llevada a cabo por el Nobel de la Paz que pasó sus dos mandatos completos sin un solo día sin guerra. Un país en el que son encerrados en celdas africanos procedentes de Nigeria, Camerún, Chad y otras partes del continente, no porque sean criminales, sino porque al huir de una vida de guerra y pobreza han sido capturados por traficantes que controlan la región a causa de la labor criminal del imperialismo. Son seres humanos, pero esa condición ha quedado en un segundo plano para sus captores: ahora son esclavos. La mayoría acabarán trabajando de forma forzada en la construcción y en el campo. Otros, morirán. Esto es el capitalismo en su fase actual de putrefacción, parasitismo y control monopolista de los recursos, el cual no puede ofrecer a los pueblos del mundo nada más que explotación, represión, expolio, guerra y exterminio.

Hoy, a finales de septiembre de 2020, Libia ha desaparecido por completo de la actualidad televisiva. Ya no existe para la prensa occidental. Se ha convertido en un recuerdo lejano del imaginario colectivo que da paso a nuevas injerencias imperialistas como la actual campaña contra Bielorrusia o la ya más que reiterada propaganda contra Venezuela. Libia se encamina a su octavo año de guerra civil, de mercados de esclavos, de bandas armadas, milicias y de señores de la guerra. La que fue la mayor potencia norteafricana se perfila como un Estado fallido que refleja a la perfección el destino que la burguesía ofrece para el proletariado mundial.

El presente documento aborda la actual situación libia desde una perspectiva que toma como núcleo central la importancia de los recursos energéticos y la inestabilidad política del Estado en su historia reciente, tras el asesinato de Gadafi. Las raíces del conflicto, la disposición y descentralización del poder, el control por las fuentes de hidrocarburos y el actual mercado de esclavos se mezclan para dibujar un proceso político completamente desgarrador.

  1. El asesinato de Muamar el Gadafi y la labor de la OTAN

Lo que comenzó como unas protestas antigubernamentales – que se enmarcaban dentro de la denominada «Primavera Árabe» –, terminaron con la intervención de la OTAN y la destrucción del país con más altos estándares de vida en toda África, con educación y sanidad gratuitas. Cuando se produjo la “revolución” libia – motivada por la injerencia imperialista en el país – en la primavera de 2011, los medios y políticos, representantes de la burguesía y los intereses del capital financiero, no dudaron en concluir que el devenir del país cambiaría radicalmente con la muerte de Gadafi y la creación de un «Estado moderno».

La guerra en Libia estalla, oficialmente, el 15 de febrero de 2011, al objeto de deponer el gobierno de Muamar el Gadafi [gobierno 1969-2011] que terminaría por ser asesinado el 20 de octubre de ese mismo año. En 2011, Gadafi fue derrocado por los rebeldes con el apoyo de aviones y barcos estadounidenses, franceses y británicos. Tres días después, la guerra acaba, pero solo de forma oficial. Comienza entonces un período de transición en el que el gobierno es presidido por el empresario Abdurrahim El-Keib [gobierno 2011-2014] del Consejo Nacional de Transición (CNT) – institución posteriormente sustituida por el Congreso General de la Nación.

A pesar de la relativamente escasa intervención militar que fue necesaria en Libia, se puede afirmar sin ninguna duda que Libia fue una guerra plenamente estadounidense. Si la maquinaria política, diplomática y, posteriormente, militar de Estados Unidos no hubiera comenzado a girar, la guerra en Libia no habría existido. Todo lo que ocurrió tras el derrocamiento de Gadafi obedece a la injerencia de la administración Obama junto a la de sus adláteres franceses y británicos. Es decir, obedece al imperialismo criminal de la OTAN. Dentro de la administración Obama, son los dos últimos candidatos demócratas quienes más favorables se mostraron hacia la agresión imperialista y a la guerra; Hillary Clinton y Joe Biden. Derek Chollet – Subsecretario de Defensa para Asuntos de Seguridad Internacional [en el cargo 2012-2015] – dijo que “Libia parecía un caso sencillo”. Chollet, como apreció el resto de la administración Obama, entendió la Primavera Árabe como una oportunidad para impulsar políticamente a los candidatos que fueran más sumisos al imperialismo. Según afirmó el portavoz del Pentágono a la CNN: “a fecha de 30 de septiembre [de 2011] el Departamento de Defensa gastó en las operaciones en Libia 1.100 millones de dólares. Esto incluye las operaciones militares diarias, municiones, la retirada de los suministros y la asistencia humanitaria”. Posteriormente, Joe Biden casi duplicó esa cifra en declaraciones también a la CNN: “la alianza de la OTAN funcionó como se supone que debe hacerlo, compartiendo los costes. En total nos costó 2.000 millones de dólares y ninguna vida estadounidense”.

Para sorpresa de nadie, en Libia no se buscaba crear un Estado más próspero y que alcanzara nuevas cotas democratizadoras, lo que ansiaba el imperialismo eran los recursos naturales. Una vez saqueada y eliminada la mayor potencia norteafricana, Libia fue abandonada a su suerte:

“Poco después de la revolución, el proceso político – encargado en una hoja de ruta redactada por el CNT – se relevó demasiado endeble. Carecía en efecto de apoyo institucional suficiente para hacer frente a las milicias surgidas durante la guerra civil y a la resurrección de diversos grupos sociales, políticos, religiosos y regionales.” (Vanderwalle, 2015)

La etapa que sigue a Gadafi se ha caracterizado por el protagonismo y la proliferación de grupos armados que se han crecido de manera exponencial por todo el país. Con el objetivo de garantizar su seguridad y salvaguardar los pozos y puertos petrolíferos “la nueva élite política del Gobierno incipiente [tras las elecciones legislativas de 2012] dibujó una estrategia basada en la creación de «instituciones milicianas» próximas a un núcleo de poder determinado que debía garantizar su protección a cambio de la cual serían recompensadas.” (García & Mesa, 2015)

En ningún momento se promovió la creación de instituciones capaces de reconstruir el Estado libio tras la guerra civil de 2011. Las milicias comenzaron a obtener territorios de responsabilidad y control, cuya acción no tenía nada que ver con los intereses generales del proletariado de la región. “Un modelo en el que ninguna de las facciones renuncia a imponer su propia hegemonía política, atribuyéndose potestades de mando de un país desmantelado, carente de leyes y orden.” (García & Mesa, 2015)

 

  1. La Segunda Guerra Civil libia (2014 – actualidad)

A la caída de Gadafi le sucedió un desmantelamiento, fragmentación y descentralización absoluta del poder, que fue a parar a una telaraña de organizaciones armadas. Ocho años después, Libia continúa en esa situación. Una situación que se vuelve cada vez más exigente, pues el monopolio del capital económico libio depende del peso de la fuerza política, la cual se mide directamente en el número de combatientes que la protege. “Las rentas del petróleo y del gas se juegan en un escenario donde compiten élites rebeldes y élites políticas que interactúan constantemente por el control de país.” (García & Mesa, 2015)

 

La Segunda Guerra Civil libia comienza en mayo de 2014. Desde entonces, el general Jalifa Hafter, protegido por la CIA, ha asediado la ciudad de Trípoli con todas sus fuerzas. Bajo su mando, existe un gobierno paralelo en el país desde hace ya 6 años, provocando cientos de muertos y heridos en su intento fallido de tomar la capital. Sin embargo, Hafter no tiene el control real. Son las miles de milicias armadas quienes inclinan la balanza y ejercen una influencia real en el destino del país.

La duplicidad institucional se retrotrae a las elecciones parlamentarias de 2014, que dividieron las administraciones del país en dos gobiernos; uno liderado por Sarraj, con sede en Trípoli; y otro comandado por Hafter, con sede en la ciudad de Tobruk. Desde entonces, los intentos de unificación han caído en saco roto. En la zona occidental del país, en Trípoli, se encuentra el Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA, por sus siglas en inglés), que cuenta con el reconocimiento de la comunidad internacional – entre ellos, respaldado por la ONU – y está liderado por el Primer Ministro del Estado de Libia Fayez al Sarraj [gobierno 2016-actualidad]. Mientras tanto, en Tobruk se encuentra el parlamento fiel a las tropas de Hafter.

El grupo armado con mayor solidez es el Ejército Nacional Libio (LNA, por sus siglas en inglés) que controla Hafter, formado por exmiembros del ejército libio, milicias conservadoras salafistas y grupos tribales de la zona sur. Por su parte, en la capital existe la denominada Fuerza de Protección de Trípoli, conformada por cuatro milicias: los revolucionarios de Trípoli, las fuerzas de seguridad central de Abu Salim, el batallón Nawasi y las fuerzas especiales de disuasión.

  1. Potencias internacionales implicadas

La Segunda Guerra Civil libia que tiene dos elementos cruciales: el control de los recursos petrolíferos y de las instituciones financieras; y una verdad, desde la caída de Gadafi en 2011 Libia nunca ha estado realmente en paz.

 

“Los que habían luchado contra el régimen no entregaron las armas; el gobierno provisional los «integró» en los ministerios de Defensa e Interior. […] En realidad, era justo lo contrario: los grupos armados se habían «adueñado» del gobierno asaltando el Parlamento, secuestrando al primer ministro y repartiéndose los cargos públicos, el dinero y las compras de armas.” (Toaldo, 2015)

La lógica de la hegemonía económica – del control monopolista, parasitario y sin precedentes de los recursos del planeta, entre los que destaca el petróleo – es un elemento crucial a la hora de reconstruir lo ocurrido en Libia desde el año 2011. Desde entonces, el país se ha sumido en una vorágine de violencia por el control de los recursos energéticos de un país en el que, de sus poco más de seis millones de habitantes, aproximadamente dos millones se han visto forzados a buscar refugio allende sus fronteras, convirtiéndose en refugiados, esclavos o muriendo en el Mediterráneo.

 

El Gobierno de Acuerdo Nacional cuenta con el apoyo de la ONU, Turquía y el de Qatar. El general Hafter, por otro lado, se apoya en Rusia, Egipto, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Jordania. Principalmente, el deseo de los países imperialistas radica en los ricos depósitos de petróleo y gas en el Este del Mediterráneo, algo por lo que están compitiendo actualmente la OTAN, Turquía, Chipre, Egipto e Israel.

Es en verano de 2016 cuando más se intensifican los combates en Libia. El GNA agradecería a los Estados Unidos, Reino Unido, Turquía e Italia su apoyo. Lo que en teoría era un apoyo meramente logístico, a la larga se acabó por demostrar la presencia de fuerzas de la OTAN – estadounidenses y británicos principalmente – sobre el terreno de ciudades como Sirte o Bengasi. Paralelamente, Hafter recibía apoyo, principalmente, de Emiratos Árabes Unidos y de Egipto. Más tarde, el propio Hafter en persona volaría a Moscú para conseguir el apoyo de contratistas rusos, fuerzas especiales y acuerdos armamentísticos. “Con estos apoyos Hafter lanzó una ofensiva sobre los campos petrolíferos de Ras Lanuf, Sidra y Zuetina no alcanzando el control total hasta 2017, puesto que sufriría varios contraataques por parte de diversos grupos milicianos.” (González, 2017)

 

Las «tropas rebeldes», que controlan el país a orden de Hafter, tienen el objetivo de tomar la capital y es por ello que la mantienen bajo asedio constante, actuación que se conoce como Operación Inundación de Dignidad. Una empresa que se tornó imposible y es por ello que el 6 de junio de 2020, apoyado por Egipto, presentó desde El Cairo una propuesta de paz y desarme para poner fin a la guerra.

Sin duda alguna, todas las partes involucradas en el conflicto libio han de ser considerados como criminales de guerra. De entre todas estas, el papel protagonista se lo lleva la OTAN, encargada de bombardear las fuerzas de Gadafi, en su empeño por eliminarle, y dejando a su paso un país completamente a merced de las milicias. Todo esto, para posteriormente ofrecer una ridícula salida dialogada por medio de los diplomáticos de Naciones Unidas.

Por su parte, la labor de EE. UU. fue la utilización de grupos terroristas que realizaron el trabajo sucio mientras que los medios de comunicación hablaban de protestas y levantamientos espontáneos. El New York Times, en 2011, relatando lo siguiente:

“El Grupo Islámico Combatiente Libio se creó en 1995 con el objetivo de destruir al coronel Gadafi. Empujados a las montañas o al exilio por las fuerzas de seguridad libias, los miembros del grupo fueron de los primeros en unirse para luchar contra las fuerzas de seguridad de Gadafi […] Oficialmente el grupo ya no existe, pero sus antiguos miembros están luchando principalmente bajo la dirección de Abu Abdallah Assada.”

Por tanto, es evidente que los servicios de inteligencia europeos y estadounidenses eran conscientes de que estaban brindando apoyo a grupos potencialmente criminales, con una alta probabilidad de que entre las filas de reclutados existieran miembros de grupos terroristas, que para nada iban a construir una nación próspera y democrática tras la caída de Gadafi.

Y en medio de este territorio sin ley, decenas de grupos militares islamistas se han establecido por el país y actúan como traficantes de migrantes y esclavos.

  1. Conclusión

Hoy, el proletariado mundial contempla como Libia está muy lejos de los días anteriores a la “revolución” de 2011. Muchos, seguramente, no imaginaban los horrores que esperaban al futuro del país a causa de la intervención estadounidense y europea, y a la ineficacia de la comunidad internacional.

Las consecuencias directas de convertir a la principal potencia de su zona en un Estado fallido en el que se comercian con esclavos han sido: la oleada migratoria hacia Europa; el endurecimiento de las políticas antiinmigración de quienes se autodenominan baluartes de la libertad y la democracia; el cierre de las fronteras; la impasibilidad hacia las muertes masivas en el mar Mediterráneo; las sanciones hacia quienes tratan de ayudar a inmigrantes; el hacinamiento de las personas que huyen de la guerra y la miseria en campos de refugiados – o, como en el caso del Estado español, encerrándolos en los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE)– ; y, por supuesto, el aprovechamiento de la situación por los grupos y partidos políticos fascistas para realizar toda clase de discursos racistas a fin de dividir y enfrentar al proletariado por motivos raciales y soterrar la lucha de clases.

 

Madrid, 25 de septiembre de 2020

SECRETARÍA DE RELACIONES INTERNACIONALES DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA OBRERO ESPAÑOL (P.C.O.E.)

 

Bibliografía




Esterilizaciones forzosas de mujeres migrantes en Estados Unidos

El pasado 17 de septiembre, en Nueva York, se realizó una marcha en señal de protesta contra una de las prácticas más horrendas en nuestra historia reciente: se está realizando una esterilización masiva de mujeres migrantes en centros del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés). Las mujeres fueron sometidas a histerectomías (extirpación de todo el útero o parte de este) de forma no autorizada en un centro de detención en Irwin (Georgia), así como también se han denunciado violaciones sexuales en una instalación en El Paso (Texas). Según datos de la propia ICE, entre 2013 y 2017 se registraron 1310 denuncias de agresiones sexuales en dichos centros. Además, el Departamento de Salud y Servicios Humanos estadounidense recibió, entre 2014 y 2018, 4556 denuncias de abusos sexuales contra niños migrantes en las instalaciones en la frontera con México.

 

En este sentido, las esterilizaciones forzosas, que son según la Organización Mundial de la Salud (OMS) una forma de eugenesia, no son una práctica desconocida para el gobierno estadounidense:

 

“Desde mediados del siglo XIX y durante el XX, Estados Unidos realizó gran cantidad de esterilizaciones forzosas, intervención quirúrgica que, por medio de la coerción o el engaño, buscaba terminar con la capacidad reproductiva de, en este caso, las «mujeres del Tercer Mundo» [asiáticas, africanas y latinoamericanas] en Estados Unidos y Puerto Rico. Si bien esta práctica por parte del Estado comenzó a mediados del silgo XIX con la llegada masiva de inmigrantes, fue en las décadas del sesenta y setenta del siglo XX cuando se masificó, convirtiéndose en algo habitual en las vidas de las «mujeres del Tercer Mundo»”. (Beal, 1970) [1]

 

Una práctica que se realiza de manera forzada, sin respetar el derecho a decidir de las mujeres sobre su cuerpo y vulnerando completamente su salud y su integridad, tanto en el plano físico como mental. Muchas de las mujeres que sufrieron estas prácticas no terminaban de comprender qué les iba a pasar; falta de comunicación, barreras del idioma y engaños. Un tipo de violencia sobre las mujeres que forma parte de la política de “Tolerancia Cero” llevada a cabo por el reaccionario Donald Trump contra la población migrante, que ha ocasionado la separación de familias sin papeles en la frontera con México y el despliegue de la Guardia Nacional en la frontera con Centroamérica en aras de cumplir el “Remain in México” (Quédate en México).

 

En los centros de detención estadounidenses las personas son humilladas, separadas de sus familias, torturadas, violadas, encarceladas y esterilizadas. Estados Unidos está llevando a cabo, a partir de la lógica racista y machista, un control poblacional selectivo hacia uno de los sectores más vulnerables y perjudicados: las mujeres migrantes, que sufren en sus carnes la exclusión, subordinación, opresión y muerte.

 

“Cuando conocí a todas estas mujeres que habían sido sometidas a cirugías, pensé que esto era un campo de concentración experimental. Era como si estuvieran experimentando con nuestros cuerpos”, relató una migrante encarcelada. [2]

 

La crisis social y económica que está travesando Estados Unidos actualmente es producto de varios factores, entre los cuales podemos mencionar la fuerte represión policial que ha dado origen al movimiento antirracista Black Lives Matter. Esta situación se suma al clasismo, sexismo y racismo, en definitiva el fascismo, que está incrustado hasta el tuétano del Estado norteamericano, así como su absoluta bancarrota económica – la Oficina de Presupuesto del Congreso de EE. UU. calcula que la deuda del país a finales de años equivaldrá al 98% del PIB, superando los 20 billones de dólares, el nivel más alto desde el final de la II Guerra Mundial – y la gestión desastrosa de la pandemia, lo que se traduce en una disyuntiva clara para la clase trabajadora: socialismo o barbarie.

 

Las prácticas completamente criminales contra las mujeres migrantes, así como la represión hacia el movimiento antirracista, son un ejemplo de las desigualdades y las formas de dominación que ejerce la burguesía hacia el proletariado. Por ello, arengamos a todas las mujeres negras, chicanas, latinas y nativas a que tomen sus propias experiencias personales – cargadas de opresión sexual, hambre, miseria, desempleo, y humillación – como punto de partida para organizarse políticamente, rompiendo las cadenas del capitalismo y construyendo el socialismo.

 

Las salidas para la opresión del capitalismo no son individuales, sino colectivas. Cualquier reivindicación democrática supone, en la actualidad, una contradicción estructural. El capitalismo – en su fase imperialista y de decadencia – es incapaz de avanzar más, las fuerzas productivas no se desarrollan y, por ende, las concesiones democráticas son inviables. Al contrario, los derechos y libertades de la clase obrera no harán más que retroceder. El choque de las fuerzas productivas con las relaciones de producción solo puede ser resuelto por la revolución socialista. El final de capitalismo, de la propiedad privada de los medios de producción y de la sociedad dividida en clases permitirá a la mujer desarrollarse plenamente, eliminar toda opresión y conformarse como un ser histórico diferente. Por eso, el problema de la mujer obrera no es ser mujer, es vivir en un régimen capitalista.

 

En ese sentido, el Partido se perfila como la herramienta imprescindible para la toma revolucionaria del poder. Sin su vanguardia, la clase obrera pierde la base material para entablar el combate político-ideológico, lo que la lleva, entre otras cosas, a la fragmentación. Las acciones de la clase obrera, como sujeto revolucionario y sobre la base de un conocimiento científico socialista, tienen la capacidad de superar el modo de producción capitalista. Somos nosotros, los trabajadores, los portadores de las fuerzas productivas, quienes mandaremos al capitalismo al vertedero de la historia.

 

Madrid, 23 de septiembre de 2020

SECRETARÍA DE RELACIONES INTERNACIONALES DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA OBRERO ESPAÑOL (P.C.O.E.)

 

Referencias

[1] Beal, F. “Double Jeopardy: To Be Black and Female”. En: Bambara, T. (Comp.) The Black Woman. An Anthology. Nueva York: Washington Square Press, 1970, pp. 109-122.

[2] Agencia de Noticias RedAcción (2020). Denuncian esterilización forzada a mujeres migrantes en Estados Unidos. Recuperado de: https://www.anred.org/2020/09/17/denuncian-esterilizacion-forzada-a-mujeres-migrantes-en-estados-unidos/




Aproximación a la Historia del Conflicto árabe-israelí

    1. El Sionismo

    1.1. El Acuerdo Sykes-Picot

    1. El Mandato Británico sobre Palestina
    2. La Segunda Guerra Mundial y la creación del Estado de Israel

    3.1. Plan de Partición Territorial

    1. El conflicto durante la Guerra Fría

    4.1. La guerra de los Seis Días

    4.2. La Intifada

    1. Conclusiones

    Referencias y bibliografía

    1. El Sionismo

    Hoy día el sionismo continúa teniendo absoluto poder político, judicial y militar en el criminal Estado de Israel, trabajando sin descanso por alcanzar sus dos objetivos principales: crear un Estado exclusivamente judío – con el correspondiente apartheid de la población árabe-palestina – y cuyo territorio sea el que el Antiguo Testamente adjudica al pueblo hebreo. A causa de esto el pueblo palestino tiene la trágica particularidad de ser la sociedad más expoliada desde el final de la I Guerra Mundial.

    El sionismo comenzó siendo un movimiento ligado fuertemente al nacionalismo a finales del siglo XIX (el primer Congreso Sionista se celebró en Basilea en 1897), que reclamaba la creación de un Estado judío en Palestina por medio de un “hogar nacional en Palestina”. A principios del sigo XX, el movimiento sionista buscó tejer relaciones con las principales potencias europeas, como fue el caso de Gran Bretaña. “El lema un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo negaba la existencia de la población originaria palestina que habitaba en esas tierras desde hacía cientos de años”. Por supuesto, los líderes sionistas eran plenamente conocedores de la realidad demográfica del territorio que ansiaban. Por ello, se esforzaron por realizar una emigración judía masiva a Palestina, estableciéndose, además, en zonas con gran valor estratégico.

    La ideología sionista, su movimiento, es el reflejo de los intereses de clase; en concreto, de los intereses de la pequeña-burguesía judía que se vio asfixiada en un momento en el que la configuración del capitalismo provocaba que la existencia de sociedades precapitalistas como Pueblo-Clase fuera una contradicción. Con el desarrollo del capitalismo, la única alternativa era la asimilación en las potencias capitalistas europeas. En Europa Occidental se creó rápidamente una burguesía “judía”, en contraposición con lo sucedido en Europa Oriental donde la asimilación fue más lenta a causa del proceso del desarrollo capitalista, también más lento, en esa zona.

    Con esto, el pueblo judío había perdido su cohesión, siendo marginales en las sociedades orientales, donde la gran mayoría trabajaba la artesanía y el pequeño comercio. En ese contexto, se realizó el Congreso Fundacional de la Organización Sionista (1897), donde Teodoro Herzl dio fuerza al propósito de crear un hogar nacional judío. Sin embargo, el sionismo tenía otro problema, la posibilidad de que el marxismo, y la existencia de revolucionarios de origen judío – como Rosa Luxemburgo – pudieran atraer hacia sí a las masas judías mediante el movimiento bundista. A partir de entonces, el sionismo buscará una ligazón con el imperialismo inglés, que tendrá su reflejo más inmediato en la Declaración Balfour, que veremos más adelante.

    1.1. El Acuerdo Sykes-Picot

    Con la derrota del Imperio Otomano en la I Guerra Mundial (1914 – 1918) y su posterior disolución, se produjo, por un lado, el renacimiento de los nacionalismos panárabes en la zona de Próximo Oriente. Por otro lado, esto alentó también las ansias intervencionistas de Reino Unido y Francia que, por medio del sistema de mandatos de la Sociedad de Naciones, controlaron los territorios de Palestina, Irak y Jordania (por aquel entonces Transjordania) en el caso británico, y Siria y el Líbano en el caso francés. El reparto de los territorios anteriormente otomanos en Oriente Medio se realizó por medio del acuerdo secreto de Sykes-Picot (1916), llamado así por ser elaborado por sir Mark Sykes, noble inglés, y François Georges-Picot, diplomático francés:

    “El cuerdo de Sykes-Picot era secreto y solo sería conocido por los árabes a finales de 1917 cuando fue encontrado por los bolcheviques en los documentos del zar y liberado por ellos. Los británicos consideraban a los franceses como sus principales rivales para la ocupación del territorio otomano en el Oriente Próximo.” (Sánchez, 2017, p. 10)

    El final de la era otomana cerró un extenso capítulo de la vida político-social de Palestina, pero abrió un nuevo capítulo que hoy en día sigue abierto.

    2. El Mandato Británico sobre Palestina

    Fue a finales del siglo XIX cuando aumentaron de forma imparable las aspiraciones de independencia por parte de los palestinos hacia el Imperio Otomano. Tras su derrota en la guerra e inevitable colapso, las aspiraciones palestinas fueron negadas por Gran Bretaña, que impidió la creación de un Estado palestino independiente y, al contrario, se esforzó por crear un “hogar nacional judío”. Censos de 1914 muestran como la población palestina era de, aproximadamente, 683.000 personas y la población judía de, aproximadamente, 60.000, es decir, un 9%.

    La doble necesidad de combatir la inmediata creación del Estado de Israel, junto a las ansias colonialistas británicas que negaban la identidad nacional palestina, dio un nuevo impulso y consolidó la identidad nacional palestina, cuyas prioridades giraron en torno a la defensa de la tierra, el retorno de los refugiados y la lucha contra el sionismo. A partir de este punto, el conflicto se universalizó.

    En noviembre de 1917, mediante una carta firmada por Arthur James Balfour, Secretario de Relaciones Exteriores británico, conocida como Declaración Balfour [1], el Reino Unido se declararía favorable a la creación de un “hogar nacional judío” en lo que hasta entonces era el Mandato Británico de Palestina.  La carta, entre otras cosas, señalaba: “El gobierno de Su Majestad ve favorablemente el establecimiento de un hogar nacional para el pueblo judío en Palestina y hará todo lo posible para alcanzar este objetivo. Nada de esto debe ir en perjuicio de los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina”. Diversas potencias, como Francia y los EE. UU., respaldaron esta decisión.

    El pueblo palestino realizó en 1919 el I Congreso Nacional Palestino en Jerusalén, al objeto de oponerse a la Declaración Balfour y reclamar la independencia. Independencia que, por otra parte, había sido prometida por los británicos. Durante el año siguiente los palestinos realizaron seis meses de huelgas y movilizaciones a causa de las usurpaciones de tierra y la inmigración ilegal judía, cuyo fin era justificar las aspiraciones territoriales. La región de Palestina fue el lugar seleccionado para la instalación del Estado hebreo bajo la justificación bíblica de que esas tierras constituían Sion o Tierra de Israel, donde el pueblo israelí había estado asentado por milenios. No obstante, para el siglo XIX su presencia en la región era prácticamente nula.

    En abril de 1920 se celebra la Conferencia de San Remo (Italia), la cual garantiza el Mandato Británico sobre Palestina.

    En 1921, Winston Churchill fue nombrado Secretario de Estado para las Colonias, siendo la resolución de la cuestión palestina una de sus principales tareas. Así, en junio de 1922 se elaboró el conocido Libro Blanco de Churchill, cuyo fin era la creación de un Estado binacional entre árabes y judíos, fomentando la continuación de la inmigración judía.

    Es en el año 1935 cuando comenzaría la rebelión del pueblo palestino contra la ocupación inglesa, realizando una huelga de seis meses en 1936 que se extendió hasta el año 1939. Durante ese período, el ejérito británico se sirvió del ejército sionista Haganah para detener los intentos de insurreción.

    3. La Segunda Guerra Mundial y la creación del Estado de Israel

    El ascenso del fascismo en Europa, teniendo una importancia crucial el III Reich por su carácter antisemita, provocó que cada vez más judíos gastasen dinero para entrar en el Mandato Británico de Palestina y hacerse con multitud de territorios, “lo cual comenzó a crear una enorme tensión entre árabes y judíos que se vio cristalizada en la creación de la Hagana (que más tarde derivaría en las fuerzas armadas israelíes), el Stern (de carácter anticolonial) y el Irgún.” [2]

    En 1939, se promulgó un nuevo Libro Blanco, que no fue del agrado de los sionistas ya que uno de sus elementos clave era la creación de un Estado independiente de Palestina en un período de 10 años. Así mismo, renunciaba a la Declaración Balfour y limitaba la inmigración judía y la venta de tierras; la inmigración judía hacia Palestina quedó restringida a un máximo de 75.000 personas en los próximos cinco años (para ser posteriormente detenida a decisión de la población árabe) y se restringía la compra de nuevas tierras a los judíos. Esta resolución fue rechazada por los sionistas, quienes organizaron milicias, como fue el caso de la organización terrorista Irgún – Organización Militar Nacional en la Tierra de Israel –. Además, buscarían el apoyo internacional de las potencias mundial. Apoyo que terminaron encontrando en los Estados Unidos con los presidentes Franklin D. Roosevelt y Harry S. Truman.

    La limitación a la inmigración y hacia la compraventa de tierras llegó en un momento en el que la expansión nazi en Europa hacía imposible la vida de los judíos. Por ello, comenzaron a realizarse operaciones clandestinas de inmigración ilegal junto a la formación de organizaciones paramilitares. Los sionistas salieron de esto más fortalecidos que los palestinos, que contemplaban como las promesas británicas, al igual que ocurrió en 1916, caían en saco roto. Los sionistas salieron fortalecidos en tanto que comprendieron que la solución al conflicto se desarrollaría por los cauces militares y no mediante negociaciones.

    Durante la década de 1930, pese a los problemas, se fundaron asentamientos judíos de enrome tamaño a la par que desarrollaron importantes empresas de carácter agrícola e industrial. Durante esta década la comunidad judía se triplicó, especialmente al huir de las persecuciones nazis en Europa, llegando a la cifra de 250.000 judíos en Palestina.

    Tras el final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el proceso que llevaba décadas sucediéndose en Oriente Próximo se aceleró por tres motivos: el entusiasta apoyo de la URSS a la creación del Estado de Israel – que buscaba ejercer su control político en la zona –; la implicación directa de EE. UU. en el proceso; y las fuerzas ejercidas entre los propios pueblos de Próximo Oriente.

    Hacia 1940, en un marco en el que el sionismo se distanciaba del imperialismo inglés, comenzó a popularizarse la idea de hablar del sionismo como un movimiento nacional judío, relacionado directamente con el problema de la emancipación de un pueblo oprimido. El sionismo se sirvió aquí de los movimientos nacionalistas que florecían en Asia, África y América Latina. No obstante, su rumbo fue totalmente contrario a los desarrollos nacionales de la época. Los procesos que vivieron países como la India tenían el claro objetivo de liberarse de la dependencia colonial, mientras que el sionismo significó la alianza con las potencias capitalistas coloniales.

    Como hemos podido comprobar, la creación del Estado de Israel es un hecho totalmente determinante a la hora de configurar la historia del último siglo en el Oriente Próximo. Tras finalizar el Mandato británico se comprobó la incapacidad de dividir el territorio palestino en una zona judía y otra árabe. Así, el Estado de Israel se fortaleció con la guerra y el apoyo internacional de las potencias occidentales, como fue el caso de ingleses, franceses y estadounidenses. Sin embargo, será a partir del Plan de Partición Territorial y las guerras a finales de la década de 1960 cuando comience una extensión como nunca antes vista de los sionistas hacia los territorios de Palestina.

    3.1. Plan de Partición Territorial

    Finalizada la Segunda Guerra Mundial, los horrores del holocausto y la necesidad de asilo de miles de judíos provocaron una nueva oleada emigratoria a Palestina. Los conflictos dentro del mandato británico se fueron sucediendo; se produjo el asesinato del representante británico del Mandato y, en 1946, una explosión del hotel Rey David en Jerusalén – llevado a cabo por Irgún – acabó con la muerte de 100 personas. Este contexto llevó a que Reino Unido renunciara a su dominio y otorgara la potestad de decidir a la Asamblea General de la ONU, que ofreció un Plan de Partición territorial a través de la Resolución 181 (II) (29 de noviembre de 1947) [3]. Esta resolución terminaba definitivamente con el Mandato Británico sobre Palestina y obligaba a las fuerzas armadas británica a retirarse del territorio antes de agosto de 1948. Tras esto, comenzarían a existir en Palestina dos Estados independientes; uno árabe (43% del territorio) y otro judío (56% del territorio), con un régimen especial para la ciudad de Jerusalén (1% restante del territorio), que fue constituida como corpus separatum bajo un régimen internacional especial y administrada por las Naciones Unidas. Los palestinos, que constituían el 70% del total poblacional y tenían el 92% del territorio, fueron recluidos en el 43%. El resto fue entregado a los judíos, que representaban el 30% de la población y poseían el 8% de tierras restantes.

    Tras la aplicación de esta resolución vino la proclamación del Estado de Israel. “Israel ha sido la cuna del pueblo judío. Aquí se ha forjado su personalidad espiritual, religiosa y nacional. Aquí ha vivido como pueblo libre y soberano; aquí ha creado una cultura con valores nacionales y universales”. Con estas palabras, el 14 de mayo de 1948, el líder sionista David Ben Gurión proclamó unilateralmente la independencia del Estado de Israel.

    Paralelamente, comenzó a forjarse en Oriente Medio la unión de varios países árabes – Egipto, Irak, Jordania (Transjordania), Líbano, Arabia Saudí, Siria y Yemen del Norte – fue la denominada Liga Árabe. Semanas después, se añadieron Libia, Marruecos, Sudán Kuwait, Argelia y Túnez, a fin de garantizar políticas comunes beneficiosas y tomar acción contra lo que consideraban un enemigo común: el reciente Estado de Israel, puesto que su creación fue considerada como una agresión hacia el pueblo árabe en su totalidad.

    Esto derivó inmediatamente en una guerra entre el ejército israelí y los árabes de Egipto, Líbano, Siria, Irak, Transjordania, Arabia Saudí y Yemen, conocida como la primera guerra árabe-israelí (1948-1949), que concluyó con la victoria de Israel y la expulsión de los palestinos del territorio. El nuevo Estado se asentó y nació así el conflicto de Oriente Medio.

    Más 700.000 palestinos fueron expulsados de sus hogares, se vieron obligados a huir a países vecinos – especialmente Líbano, Siria y Jordania – y tuvieron que instalarse en campos de refugiados. Sólo 150.000 palestinos permanecieron en sus tierras, convirtiéndose en minoría dentro del Estado judío. Incluso la propia terminología nos muestra como esta guerra era concebida de diferente forma por unos y otros; los israelíes la denominaron guerra de independencia, los palestinos utilizaron el término nakba, que significa “catástrofe” en árabe, ya que supuso la renuncia completa al estado independiente prometido por Gran Bretaña y la ONU.

    “Las investigaciones realizadas por historiadores israelíes y palestinos han mostrado que, en muchos casos, la salida fue alentada, cuando no planificada, por diferentes unidades militares judías (tanto los grupos Irgun y Stern como las tropas regulares de la Haganah). La implantación del proyecto sionista requería necesariamente el empleo de la fuerza para expulsar a la mayor parte de la población nativa, habida cuenta de que el Estado naciente fue concebido exclusivamente como un Estado judío.” (Álvarez-Ossorio, 2003, p. 3)

    Una vez terminada la guerra será cuando intervenga la Asamblea General a través de su Resolución 194 (III), Informe sobre el progreso de las gestiones del Mediador de las Naciones Unidas [4], que estableció una Comisión de conciliación compuesta por Francia, Turquía y EE. UU. encargada del desarrollo económico del territorio, así como de la repatriación y reinstalación de los refugiados palestinos. Esta resolución, en teoría, reclama la compensación hacia los refugiados palestinos por las pérdidas ocasionadas por la guerra. No obstante, el Estado de Israel siempre se ha negado a reconocer y aplicar esta y otras resoluciones.

    4. El conflicto durante la Guerra Fría

    Oriente Próximo se incorpora por méritos propios en las dinámicas de la Guerra Fría; su importancia radicaba en que era la principal área en cuanto a reservas globales de petróleo, de vital importancia hasta 1973, lo cual no podía sino incentivar la influencia de las dos superpotencias de la época: Estados Unidos y la Unión Soviética.

    La cooperación soviética con los países de la región se da en 1956, cuando se pronunció en defensa de Egipto y le proporcionó ayuda política-militar-económica ante los ataques por parte de Gran Bretaña, Francia e Israel en la Guerra de Suez. Nos encontramos en un periodo en el que el anticolonialismo de la Unión Soviética incrementaba su importancia y presencia en la región, cosechando las simpatías de amplias masas que, por aquel entonces, se entusiasmaban ante el desarrollo independiente y exitoso de la potencia socialista, por lo que algunos líderes vieron en el Estado obrero la posibilidad de cooperar económica y militarmente.

    4.1. La guerra de los Seis Días

    Mientras tanto, la Fuerza de Emergencia de las Naciones Unidas (UNEF) ocupaba territorios a fin de “mantener la paz en la región”:

    “Las tensiones en las fronteras fueron aumentando en los años siguientes con la intervención de la aviación, carros de combate y guerrillas. En 1966 Egipto y Siria realizaron una alianza militar contando con el apoyo de la Unión Soviética. Iniciado 1967, los problemas fronterizos eran diarios.” (Bacchiega, 2017, p. 2)

    Gamal Abdel Nasser, presidente de Egipto, tomó la decisión de expulsar a la UNEF de su territorio, utilizando para ello soldados egipcios y palestinos que se movilizaron sobre la frontera con Israel. Además, bloqueó el paso a los buques de bandera israelí por los estrechos de Tirán con la cooperación de Irak y Jordania. El Estado de Israel consideró esto como una ofensiva y movilizó sus tropas. Llegados a este punto la guerra era inevitable.

    Entre los días 5 y 10 de junio de 1967, el conflicto árabe-israelí y la geopolítica de Medio Oriente cambiaron radicalmente. En esta breve batalla, el Estado de Israel se enfrentó y venció a Egipto, Irak, Jordania y Siria. Tras el bombardeo israelí durante la madrugada del 5 de junio – conocida como Operación Foco –, una enorme parte de la aviación egipcia quedó completamente destruida. Los enfrentamientos en tierra se dieron en diferentes frentes, destacando la batalla en la península del Sinaí que luego se trasladó hacia zonas de Jordania y Siria. La superioridad militar de Israel quedó patente e Irak no tuvo tiempo de llegar a intervenir.

    Israel provechó esta situación para seguir con su labor imperialista, ocupando territorios de los estados derrotados como la península del Sinaí, la Franja de Gaza, Cisjordania, la ciudad de Jerusalén y los Altos del Golán. Tras esto, la Unión Soviética rompió todo tipo de relaciones de Israel por la ocupación de los territorios anexionados en la guerra. También reaccionaría el pueblo palestino, que creó grupos armados como el Frente Popular para la Liberación de Palestina. La derrota de los ejércitos árabes marcaba el camino hacia la defensa mediante la lucha guerrillera. La incapacidad de la Unión Soviética para prevenir el enfrentamiento fue uno de los mayores fracasos geopolíticos de la época. La posición de los EE. UU., claramente a favor de Israel, dejó a los árabes en una posición de enorme debilidad. No obstante, “el equilibrio de las fuerzas mundiales permitió a los árabes sobrevivir y recobrarse del sorprendente golpe.” [5]

    4.2. La Intifada

    La historia reciente de Palestina no se entiende sin la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), donde se integraron los grupos armados tras la derrota árabe en 1967. Tras los problemas con Jordania en la década de 1970, la OLP viró su estrategia hacia el reconocimiento diplomático. En octubre de 1974, La OLP fue admitida como observadora por parte de la Asamblea Nacional de la ONU. Un año después, en noviembre de 1975, la Asamblea General estableció el sionismo como una forma de racismo y discriminación racial.

    Durante la década de los ochenta, los israelíes trataron de destruir toda estructura de la OLP, y en especial su contingente militar. Para ello, en julio de 1982 fuerzas israelíes invadieron Líbano tratando de capturar dirigentes de la organización. La masacre ocurrida en los campamentos de refugiados de Sabra y Shatila aumentó la simpatía internacional hacia el pueblo palestino y aumentó las denuncias contra los crímenes que estaban sufriendo. La invasión del territorio libanés provocó la aparición de grupos pacifistas que reclamaban el diálogo de ambas partes, solución que, como bien se ha comprobado, es inoperante.

    En 1987 los asesinatos de jóvenes palestinos a manos de patrullas militares israelíes llevaron a la realización de huelgas generales, protestas de la población civil y nuevas confrontaciones. Comenzó así la lucha de resistencia popular del pueblo palestino, iniciada en Gaza y Cisjordania a finales de ese mismo año, conocida como la Intifada o rebelión de las piedras, cuyo objetivo único era poner fin a la ocupación militar israelí.

     

    “Como resultado de la guerra de 1967 Israel conquistó lo que quedaba de la Palestina histórica (Gaza y Cisjordania, incluida Jerusalén Este) desplazando a 350.000 palestinos. Los que quedaron, alrededor de un millón, son los padres de una generación de la Intifada. A partir del control de estos dos territorios palestinos, Israel impuso por la fuerza militar un sistema colonial que se caracterizó por un control político, estrangulación económica y represión ideológica cultural, con el objetivo de suprimir la identidad nacional palestina e impedir el desarrollo de una sociedad civil palestina que condujera a la formación de un Estado palestino independiente.” (Musalem, 2000, pp. 289-290)

    La rebelión de la Intifada tiene especial importancia por ser el primer movimiento de amplias masas poblacionales de larga duración y políticamente bien organizado, adquiriendo las características propias de una guerra por la independencia que acabó por absorber a todos los sectores sociales. Un movimiento de resistencia que antepone la lucha nacionalista a las reivindicaciones de clase, pero cuyo instrumento de organización básica fueron los comités populares locales. Por supuesto, el coste de oponerse al Estado criminal de Israel ha sido enorme.

    “Como respuesta a la Intifada, Israel intensificó las políticas represivas que habían caracterizado a las dos décadas de ocupación: expulsión masiva de palestinos, confiscación de bienes, demolición de casas y destrucción de árboles; asimismo, el cierre de colegios y universidades por largos períodos de tiempo, afectando profundamente el sistema escolar y la educación superior.” (Musalem, 2000, p. 291)

    Además de todo lo mencionado, otra herramienta para combatir la desobediencia civil fue un enorme aumento de los impuestos, provocando la pauperización de los ciudadanos palestinos que vivían en las ciudades y el campo. A lo que hay que sumar los miles de muertos, heridos, lisiados, torturados – física y psicológicamente – y detenidos. A comienzos de la década de los noventa la imparable represión mermó considerablemente las fuerzas de la resistencia popular y la Intifada comenzó a perder ímpetu, a lo que se suma las consecuencias de la guerra del Golfo (que aumentaron las dificultades económicas de los palestinos) y la crisis interna de la organización (motivada por la deportación de la mayoría de los líderes del movimiento). Sin embargo, la resistencia popular sirvió para que Israel y la OLP, en septiembre de 1993, firmasen los acuerdos de Oslo, creando grandes expectativas internacionales de cara a alcanzar la paz. Sin embargo, como sabemos, la promesa israelí de desmilitarizar los territorios de Gaza y Cisjordania en un plazo de cuatro meses se incumplió.

    5. Conclusiones

    Hoy día el proceso de ocupación militar del territorio palestino, la colonización y el apartheid a su población se ha acelerado. La mayor parte del territorio de Palestina sigue bajo ocupación del Estado de Israel y la transformación demográfica y religiosa del terreno, en especial de Jerusalén, tiene como único fin reclamar toda la potestad territorial para constituir un Estado judío indivisible. Todo esto violando las resoluciones de las Naciones Unidas y con un absoluto desprecio por la vida humana.

    Tampoco han sido capaces ni los acuerdos de paz ni ninguna de las potencias capitalistas occidentales de resolver el problema de los millones de refugiados palestinos, a quienes Israel arrebató sus tierras y casas mediante la guerra, y ahora niega toda reparación o retorno. La mayor parte de Palestina, así como los recursos del país, ya están bajo las garras del sionismo, que no dudará en anexionarse todo lo posible de cara a que el derecho de autodeterminación palestino tenga cada vez menos fuerza y apoyos.

    El conflicto árabe-israelí es un auténtico borrado del pueblo palestino. Incluso en los momentos en los que las organizaciones palestinas y los organismos internacionales establecían momentos o procesos de paz, ello no impidió que se continuara con la ocupación militar, el deterioro general de la vida de los palestinos y la represión a todos los niveles posibles.

    La resistencia del pueblo palestino nos da una valiosa lección; la lucha por la libertad e independencia solo son posibles mediante la rebelión popular.

     

    SECRETARÍA DE RELACIONES INTERNACIONALES DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA OBRERO ESPAÑOL (PCOE)

     

     

    Referencias

    [1] Corbin, J. (2017). La Declaración Balfour: las 67 palabra que hace 100 años cambiaron la historia de Medio Oriente y dieron pie a la creación del Estado de Israel: BBC. Recuperado de https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-41824831

    [2] Mateos, J. (2019). Palestina e Israel: un conflicto centenario: Círculo de Análisis EuroMediterráneo. Recuperado de http://circuloeuromediterraneo.org/conflicto-palestina-israel/

    [3] Resolución 181 (II) aprobada sobre la base del informe de la Comisión Ad Hoc encargada de estudiar la cuestión de Palestina. Recuperado de http://undocs.org/es/A/RES/181(II)

    [4] Resolución 194 (III) Palestina – Informe sobre el progreso de las gestiones del Mediador de las Naciones Unidas. Recuperado de http://undocs.org/es/A/RES/194%20(III)

    [5] Agwani, M. S. (1970). El conflicto árabe-israelí la dimensión política. Foro Internacional Vol. 10, N.º 4 (40), pp. 382-391.

    Bibliografía

    • Álvarez-Ossorio, I. (2003). Claves sobre el conflicto palestino-israelí. Cuadernos Bakeaz, n. º58.
    • Bacchiega, J. (2017). La guerra de los Seis Días. Medio siglo después (1967-2017). Instituto de Relaciones Internacionales.
    • Musalem, D. (2000), La Intifada: lucha de resistencia popular palestina. En Susana B. C. Devalle (2000). Poder y cultura de la violencia, pp. 289-300: El Colegio de México.
    • Sánchez, E. (2017). Sobre las raíces del problema siria: parte III, la influencia de los actores geopolíticos globales y regionales con intereses en la zona. Instituto Español de Estudios Estratégicos.
    • Sorby, K. (2001). Great Powers and the Middle East after World War II (1945-1955). Asian and African studies 70, pp. 56-79.



Geopolítica del gas: La tensión entre Turquía y la Unión Europea

El último conflicto de la Unión Europea, en esta ocasión un enfrentamiento interburgués, se vive en la zona del Mediterráneo oriental. Concretamente, en aguas territoriales de Chipre reclamadas por Turquía.

El precedente más inmediato de esta problemática lo encontramos en 2009, cuando Israel descubrió enormes yacimientos de gas en su zona económica exclusiva (ZEE), seguido por otros similares por parte de Egipto y Chipre, lo que llevó a las alteraciones de las relaciones de poder entre los Estados de la región, introduciendo el gas como un nuevo factor de enfrentamiento en las relaciones geopolíticas de la cuenca del Mediterráneo oriental.

Ahora esta zona es el escenario de nuevas tensiones a causa del acceso a importantes yacimientos de gas descubiertos en sus aguas. Turquía ha llevado a cabo prospecciones en búsqueda de reservas de gas, las cuales son un factor importante para su desarrollo económico ya que el país no posee gas nacional. Por su parte, la UE considera ilegales estas exploraciones turcas de hidrocarburos, apelando al derecho internacional. Así, Francia, en representación de los intereses de la UE, decidió sacar músculo frente a Turquía realizando maniobras militares conjuntas con Italia, Grecia y Chipre en la zona. Estas maniobras conjuntas duraron hasta el viernes y Francia participó con una fragata, tres aviones de caza Rafale y un helicóptero.

Por tanto, nos encontramos con decenas de miles de kilómetros cuadrados de zona marítima rica en recursos gasísticos que ha provocado un enfrentamiento y debate en cuanto a las fronteras marítimas.  Estimaciones de 2010 determinaron que la zona podría contener más de 3,5 TCM de gas natural [1], lo que podría convertir al país que lo poseyera, de facto, en uno de los mayores exportadores del mundo.

En este sentido, la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CNUDM) determina en su art. 59 que el conflicto “debería ser resuelto sobre una base de equidad y a la luz de todas las circunstancias pertinentes” [2]. Las visiones de Turquía por un lado y las de Grecia y Chipre por otro se presentan, por el momento, como irreconciliables.

Un punto especialmente conflictivo en esta tensión es la pequeña isla griega Kastelórizo, que se encuentra a apenas 2km. de la costa turca, y en donde las posibilidades de realizar descubrimientos de hidrocarburos en fondos marinos son enormes. En cualquier caso, ni la declaración de Chipre de su ZEE en 2004, así como los acuerdos bilaterales que realizó con países como Egipto, Líbano, Israel y Grecia sobre este conflicto han sido reconocidos por Turquía.

Durante la última década, Turquía ha sufrido una involución gradual de su sistema democrático-parlamentario. Paralelamente, ha ido creciendo e institucionalizándose un nuevo régimen fascista bajo el mando de Recep Tayyip Erdoğan y el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), caracterizado por el terrorismo de Estado y la violencia a todos los niveles contra el conjunto de la clase obrera. Por parte de Erdoğan, este enfrentamiento con la UE se entiende dentro de una estrategia propagandística de cara a ganar apoyos impulsando el sentimiento nacionalista turco, una estrategia electoral emprendida tras la pérdida de apoyo tras las elecciones generales de 2018 y las elecciones municipales de 2019.

Aun estando en una fase embrionaria, el descubrimiento de hidrocarburos y la explotación de los yacimientos está provocando la constitución de dos grandes alineamientos: un primer grupo, liderado por la UE, que busca la cooperación con Grecia, Chipre, Israel y Egipto para rentabilizar esos recursos, y un segundo alineamiento constituido por Turquía y la República Turca del Norte de Chipre (república solo reconocida internacionalmente por la propia Turquía). Además, cabría esperarse la implicación de Rusia y sus empresas energéticas de cara a mantener su estatus como exportador de gas a Europa, lo que posiblemente se traduzca en un apoyo táctico a Turquía y en una militarización creciente del espacio del Mediterráneo Oriental.

Con todo y con eso, los comunistas observamos como la UE está cumpliendo a la perfección su labor: la distribución de la riqueza y de los recursos naturales a favor de sus monopolios y el imperialismo, llegando para ello al enfrentamiento con Estados tan serviles y reaccionarios como Turquía de ser preciso.

El capitalismo es un obstáculo para el desarrollo de la humanidad, un peligro para la vida en el planeta y para todos los pueblos del mundo. El imperialismo sólo se puede sostener mediante la violencia y la guerra, llevando a la miseria a las amplias masas de trabajadores. En el Mediterráneo, como en todo el planeta, la burguesía libra sin cesar una lucha criminal por el mercado y los recursos entre las potencias imperialistas clásicas – EE. UU., Francia, Alemania, Reino Unido – y las nuevas potencias imperialistas – Rusia y China –, defendiendo los intereses de sus respectivos monopolios y dejando la miseria para la clase obrera.

Por ello, desde el Partido Comunista Obrero Español hacemos un llamamiento a la clase obrera internacional para defender y garantizar el internacionalismo proletario, y llevar a cabo la imprescindible tarea de la revolución proletaria mundial. Así mismo, es una necesidad la conformación de un nuevo Movimiento Comunista Internacional resultado de la unión de los distintos Partidos Comunistas de los diferentes países para desarrollar una lucha sin cuartel contra el imperialismo en general, y contra el imperialismo asesino de la Unión Europea y la OTAN en particular.

 

SECRETARÍA DE RELACIONES INTERNACIONALES DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA OBRERO ESPAÑOL (PCOE)

 

Referencias

[1] «Assessment of Undiscovered Oil and Gas Resources of the Levant Basin Province, Eastern Mediterranean». United States Geological Survey (USGS), disponible en https://pubs.usgs.gov/fs/2010/3014/pdf/FS10-3014.pdf

[2] Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Artículo 59: Base para la solución de conflictos relativos a la atribución de derechos y jurisdicción en la zona económica exclusiva. Instrumento de ratificación de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, Montego Bay, 10 de diciembre de 1982, disponible en https://www.un.org/depts/los/convention_agreements/texts/unclos/convemar_es.pdf




Jacob Blake, una nueva víctima del fascismo norteamericano

La policía siempre usa la misma táctica, te golpean en la cabeza con su porra y si te das la vuelta y les respondes, te acusan de atacarlos.” – Malcolm X

 

El pasado domingo, en la ciudad de Kenosha (Wisconsin), sucedió el último de una larga lista de crímenes racistas protagonizados por la policía estadounidense. En esta ocasión, Jacob Blake, de 29 años, fue brutalmente reprimido por el agente Rusten Sheskey, de 31 años y policía de Kenosha desde hace siete, que no dudó ni por un instante en dispararle por la espalda hasta en siete ocasiones cuando el joven accedía a su vehículo, donde se encontraban tres de sus hijos, que tuvieron que contemplar tan horrible suceso.

Al igual que el asesinato de George Floyd fue el detonante que sirvió para que el pueblo norteamericano saliera a la calle, oponiéndose a la naturaleza racista y criminal del Estado, este episodio ha provocado el estallido de las protestas en la ciudad de Kenosha durante los últimos cuatro días. Nuevamente, EE.UU. ha aprovechado para mostrar su faceta más reaccionaria y fascista, emitiendo una declaración de toque de queda de emergencia y movilizando a decenas de efectivos con el único fin de redoblar la represión. Desde que dieron comienzo las protestas del ‘Black Lives Matter’, el gasto en equipos antidisturbios ha aumentado un 114%. En esta ocasión, los agentes utilizaron gases lacrimógenos como el gas pimienta para dispersar a los manifestantes e incluso se aliaron con milicias fascistas como el adolescente de 17 años Kyle Rittenhouse, que acabaría matando a dos personas y que no supuso ningún problema para los agentes pese a violar el toque de queda y estar armado.

Ante esta situación extrema los comunistas no podemos quedarnos al margen. Todo lo contrario, nuestra misión no puede ser otra que acumular fuerzas y avanzar hacia la unidad de los comunistas, desarrollar un programa revolucionario y hacer avanzar a la clase obrera en su lucha contra el sistema capitalista, pues la única salida posible es derrocar al capitalismo mediante la revolución proletaria, dirigida por el Partido leninista.

Finalmente, queremos expresar nuestro mayor pésame a quienes dan su vida heroicamente en su lucha por los derechos de la clase obrera de Estados Unidos y los animamos a que no cedan un ápice en su lucha, que no cesen las protestas y que se redoblen los esfuerzos para avanzar hacia la toma revolucionaria del poder.

 

¡Proletarios de todos los países, uníos!

¡Por la Revolución Socialista!

 

SECRETARÍA DE RELACIONES INTERNACIONALES DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA OBRERO ESPAÑOL (PCOE)




Bielorrusia: En el punto de mira del imperialismo

I. Bielorrusia: aproximación histórica

 

El 27 de julio de 1990, Bielorrusia proclamaba su soberanía con respecto a la Unión Soviética y al año siguiente, el 25 de agosto de 1991, declaraba oficialmente su independencia, siendo Stanislau Shushkevich designado presidente. El desmantelamiento de la Unión Soviética, ya en su fase social-imperialista, tuvo su culminación con la reunión que celebraron en diciembre de 1991 Boris Yeltsin junto a los presidentes de Ucrania – Leonid Kravchuk – y Bielorrusia – Stanislau Shushkevich –, conocido como el Acuerdo de Belavezha.

Fue en las elecciones presidenciales de 1994 donde Alexander Lukashenko, cuya política exterior buscaba un acercamiento con Rusia en detrimento de Occidente, fue elegido presidente. Desde entonces, muchas son las metáforas que se usan para hablar o calificar la etapa histórica que atraviesa Bielorrusia desde 1994 hasta la actualidad, siendo “la última dictadura de Europa” la preferida este año por los medios al servicio del imperialismo estadounidense y europeo para socavar la soberanía del país; para exportar su “libertad” y su “democracia” a dicho país.

La posición geopolítica de Bielorrusia es interesante; de espaldas a Europa y con tendencias prorrusas. Un territorio que la Unión Europea ansía tener en la palma de su mano y cuya presión se realiza de forma constante tanto en materia económica como política, a la vez que se promocionan candidatos opositores favorables a Occidente, y con el fin de provocar una “revolución democrática” como la acontecida en Ucrania, resultando, como ya sabemos los comunistas, en una fascistificación del país.

II. Las sanciones de la Unión Europea y las elecciones

 

Desde 1994, los diferentes resultados cosechados por Lukashenko han sido avasalladores. Del mismo modo, los enfrentamientos de Lukashenko con la UE han sido cuantiosos, pues la UE no dudó en imponer un régimen de sanciones políticas y comerciales al objeto de boicotear el país.

Ya en 1998 se prohibió a los altos cargos del gobierno bielorruso la entrada al territorio de la UE, a lo que se suma la elaboración de una lista con los nombres de los “colaboradores del régimen” que no obtendrían visados de entrada en UE; lista que se fue incrementando a lo largo del tiempo. Al no postrarse a las exigencias “democráticas” europeas, Benita Ferrero-Waldner, militante destacada del derechista Partido Popular de Austria, y que en 1999 era la encargada de las relaciones exteriores y la política de vecindad, afirmó que el sistema político bielorruso se quedaba fuera de “la familia de naciones europeas”, reforzando así la UE las sanciones hacia el país.

Fue a partir de 2004 cuando estados profundamente anticomunistas como Lituania comenzaron a ejercer presión para “democratizar” al país (entendemos democratizar por impulsar una revolución de colores que elimine a Lukashenko e imponga un gobierno servil a los EE. UU. y la UE, de clara tendencia neoliberal o fascista, con las consecuentes políticas anticomunistas). Por ello, la estrategia de la UE se enfocó en la intensificación de contactos con los opositores y a la desviación de recursos económicos para financiarlos; en el período 2005-2006, 2 millones de euros se distribuyeron a través del Programa TACIS para “necesidades de la población y refuerzo de la democracia”.

El 23 de febrero de 2005, la delegación del Parlamento Europeo diseñó un “Plan de acción para promover la democracia en Belarús”. La propuesta de la UE estaba clara, “democratizar” el país a cambio de los innumerables beneficios que aporta la Política de Vecindad Europea (facilidades de desplazamiento, cooperación transfronteriza, rescates económicos, apoyo explícito para entrar en la Organización Mundial del Comercio, etc.), es decir, la estafa que todos los países han sufrido, orquestado por las burguesías nacionales y que, en el caso de Bielorrusia, se hubiera traducido en la privatización de las empresas nacionales, el desmantelamiento del sistema social y la reorientación geoestratégica hacia Occidente, e incluso puede que la fuerte industria basada en la exportación de maquinaria pesada hubiese sido desmantelada, al igual que se destruyó el tejido industrial español durante los gobiernos de Felipe González.

La respuesta ante el ofrecimiento europeo fue nula, lo que provocó la cólera de la “democrática” UE a través de la Posición Común 2006/276/PESC[1], que aumentaría las medidas restrictivas hacia Lukashenko y los funcionarios de la administración del país, prohibiéndoles la entrada y tránsito por el territorio de los Estados miembros, así como medidas de presión económica como la congelación de los fondos y recursos económicos cuya propiedad, control o tenencia correspondía a esas mismas personas, entidades u organismos por medio del Reglamento (CE) n.º 765/2006[2]

Ante la incapacidad para controlar el país, se desarrolló una nueva estrategia en los comicios del 19 de marzo de 2006: que la oposición concurriese de manera unida, siendo en esa ocasión el candidato Aleksander Milinkevich. Los resultados dieron la victoria a Lukashenko con un 82’3% de los votos, frente al 5’8% de los votos cosechados por el líder opositor. Desde entonces, las denuncias y acusaciones de fraude electoral fueron una constante.

De nuevo, en las elecciones parlamentarias de septiembre de 2008, que significaron un desastre mayor para la oposición al no lograr ni uno de los 110 escaños de la Cámara Baja, finalizaron con acusaciones de fraude, pese a que incluso los observadores internacionales e instituciones europeas concluyeron que las fuerzas opositoras no se encontraron con trabas ni represión. Por tanto, podemos observar claramente que la intentona imperialista de conseguir un golpe de Estado en Bielorrusia es algo que se lleva orquestando desde hace más de una década y que no es algo nuevo con los resultados que se han obtenido de las elecciones presidenciales del pasado 9 de agosto, donde Lukashenko obtuvo el 80% de los votos frente a la oposición “feminista y democrática” de Svetlana Tijanóvskaya, que obtuvo poco más del 10% de los votos y que contó con la esperada promoción por parte de medios derechistas y progresistas a partes iguales[3].

Por otro lado, el apoyo a los candidatos de la oposición es cuanto menos poco creíble de ser en favor de la democracia, pues, aparte de condenar a Lukashenko, han sido países fervientemente anticomunistas como Polonia, Lituania, Ucrania o la oposición venezolana quienes han brindado especial apoyo a la oposición bielorrusa.

III. El petróleo

 

Estas ansias “democratizadoras” del imperialismo norteamericano, de la UE y los adláteres de éstos se multiplican tras el descubrimiento de dos yacimientos petrolíferos en el sureste de Bielorrusia, estimándose entre ambos yacimientos unas reservas de más de 2’5 millones de toneladas de crudo, sin descartar el descubrimiento de más yacimientos de petróleo. Sin duda, estos ingredientes, unido a los estrechos vínculos del país con Rusia, hacen que los imperialistas estadounidenses y de la UE no duden en sacar toda su parafernalia golpista, al objeto de sentar las bases para cambiar la dirección política del Estado bielorruso colocando a una marioneta reaccionaria, o abiertamente fascista, en el poder. Hemos visto que la agresión imperialista norteamericana y europea es una constante contra ese país desde hace décadas, sin embargo, la agudización de las contradicciones imperialistas y la bancarrota de la economía mundial, del capitalismo monopolista, acentúan la necesidad de las potencias imperialistas en declive, como son la UE y EE. UU., de desestabilizar dicho país exsoviético. De este modo, viendo que las sanciones, bloqueos, no arrojan el resultado apetecido por las potencias imperialistas decadentes, sacan el esquema clásico del golpismo del manual de la CIA: denuncias por doquier de fraude electoral, no reconocimiento de los resultados, presión internacional contra el país, etc.

Desde el Partido Comunista Obrero Español (PCOE) manifestamos nuestro apoyo hacia los comunistas bielorrusos y condenamos frontalmente las injerencias imperialistas en el país. Así mismo, expresamos nuestra completa solidaridad con todos los pueblos del mundo en la defensa de su soberanía nacional y hacia el legítimo gobierno de Bielorrusia, objetivo actual de las fuerzas reaccionarias internacionales.

 

Madrid, 14 de agosto de 2020

COMITÉ EJECUTIVO DEL PARTIDO COMUNISTA OBRERO ESPAÑOL (P.C.O.E.)

 

Referencias

[1] Consejo de la UE, Posición Común 2006/276/PESC, de 10 de diciembre de 2006, relativa a la adopción de medidas restrictivas contra determinados funcionarios de Belarús, DO L 101, 11.4.2006, p. 5.

[2] Reglamento (CE) n.º 765/2006 del Consejo, de 18 de mayo de 2006, relativo a la adopción de medidas restrictivas contra el presidente Lukashenko y determinados funcionarios de Belarús, DO L 101, 11.4.2006, p. 5, modificado en último lugar por el Reglamento (CE) n.º 646/2008, de 8 de julio de 2008, DO L 180, 9.7.2008, p.5

[3] Bustos, Á. (9 de agosto de 2020). Tres mujeres contra “el último dictador de Europa”. Público. Recuperado en: https://www.publico.es/internacional/elecciones-bielorrusia-tres-mujeres-dictador-europa.html




El imperialismo nos ha instalado en el fascismo. Es el momento de los comunistas

La pasada semana, en la ciudad de Minneapolis, fue brutalmente asesinado por la policía George Floyd. Como consecuencia de este nuevo crimen fascista, donde la policía asesina a una persona por su condición de clase y de raza – trabajador en paro y negro – en los EEUU se ha propagado una ola de indignación, sucediéndose manifestaciones y confrontación del pueblo contra las fuerzas de represión del estado norteamericano en muchas ciudades y Estados de dicho país. La respuesta social, indignada al poder visionar por televisión el crimen, ha llevado al fascista Trump a sacar al Ejército a la calle – la Guardia Nacional – habiéndose decretado el toque de queda en diversas ciudades estadounidenses.

El asesinato de George Floyd no es más que el detonante – pues en EEUU no es noticia que la policía asesine a trabajadores afroamericanos ya que, según señala la web Mapping Police Violence, cada día asesina, al menos, a 3 personas, las cuales suelen ser trabajadores afroamericanos, donde además el 99% de los policías asesinos quedan impunes – que ha servido para que el pueblo norteamericano salga a las calles oponiéndose a la naturaleza fascista y criminal de dicho Estado, el más asesino que ha parido la historia, consternado por el asesinato de George Floyd. Sin embargo, sería un error pensar que el pueblo norteamericano se ha lanzado únicamente a la calle por este crimen, uno de los muchos que cotidianamente se perpetra en ese país corrompido y enfermo, o por la esencia racista de la policía y del Estado, sino que se traslada a la calle la situación de crisis, quiebra económica y putrefacción de EEUU. El paro roza los 40 millones de personas, que equivale al 15% de la población, las quiebras de las empresas se multiplican, el hambre afectaba en EEUU – antes de que la COVID-19 se propagase por el mundo – a 50 millones de personas de los que el 25% era niños que se iban a la cama con hambre. A día de hoy, en plena pandemia de la COVID-19, estas cifras del hambre prácticamente se han duplicado, a tenor de lo que testifican las llamadas colas del hambre ante los bancos de comida o ante las oficinas de empleo.

Antes de la COVID-19 en EEUU habían 29 millones de personas sin seguro médico, cifra que se ha incrementado y que, si incluimos a las personas que prácticamente no tienen cobertura médica alguna, esa cifra roza los 100 millones de personas sin seguro médico o con un seguro médico que prácticamente no les cubre ninguna enfermedad. Y todo ello en el momento que se da la pandemia de la COVID-19.

Este retrato de EEUU, unido al racismo y el desprecio absoluto hacia la vida humana que demuestra el Estado norteamericano, y unido a la desigualdad bestial es lo que está llevando a la gente a la protesta, a la confrontación, la cual debe crecer a la par que vayan profundizando los efectos la quiebra económica en la que se halla ese Estado asesino.

Y cuando decimos que EEUU es un Estado fascista, simplemente hay que constatar y hacer un ejercicio de observación de su política, su ideología y su historia. El aparato estatal de los EEUU es la violencia, el racismo, el chovinismo, la guerra imperialista, la opresión y el crimen exacerbado, el genocidio, el anticomunismo, etcétera. EEUU es fascista ya sea gobernado por los demócratas como por los republicanos pues, al fin y al cabo, tanto unos como otros son parásitos indeseables colocados por los monopolios estadounidenses para satisfacer los intereses de éstos a sangre y fuego.

Ante la oleada de protestas del pueblo norteamericano, como no podía ser de otra manera, la respuesta que ha dado el fascista que preside ese país, Donald Trump, no podía ser otra que la de ilegalizar a los antifascistas:

 

 

Para Trump los antifascistas son una organización terrorista. Es natural pues Trump es un fascista y sale a defender a los suyos, a los racistas, a los asesinos, a la tabla de salvación de los monopolios. Algo que por otro lado no es nuevo, puesto que EEUU a lo largo de su infame historia no ha tenido problema en financiar a la Alemania nazi, en apoyar firmemente a los regímenes fascistas del apartheid en Sudáfrica, a los regímenes fascistas de España (Franco) y Portugal (Salazar), y también de Italia (Mussolini) en un principio. Por no hablar de las dictaduras militares de corte fascista que EEUU ha ido imponiendo por América Latina – Argentina, Chile, Brasil, El Salvador, etcétera -, o en otros puntos del mundo, como por ejemplo Ucrania, así como la labor de cacique mundial que ha ejercido en las últimas siete décadas oponiéndose siempre a las revoluciones y movimientos de liberación nacional desencadenados a lo largo y ancho del planeta en los diferentes continentes del mundo.

Sin embargo, quedarnos con el rostro genocida y criminal de la potencia más asesina de la historia, los EEUU, sería un grave error. EEUU es la potencia más despiadada y criminal, pero quien es realmente asesino y responsable de que el mundo sea un infierno para la mayoría de la humanidad es el sistema económico imperante, es la burguesía monopolista, es el imperialismo.

Y es que lo que hace Trump, señalar y combatir al antifascismo, que en el fondo es combatir a quien se opone al capitalismo criminal y la superestructura reaccionaria que genera, es lo que de manera cínica lleva haciendo la no menos fascista UE desde hace décadas revisando la historia y tratando de equiparar al nazismo con el comunismo, abrazando la mentira más absoluta. Así en enero de 2006, el Consejo de Europa en su asamblea aprobó la Resolución 1481/2006 titulada “necesidad de la condena internacional de los crímenes de los regímenes totalitarios comunistas” arremetiendo contra los países de la Europa del Este, fundamentalmente contra la URSS, equiparando el nazismo con el comunismo, haciendo dicha Resolución “un llamado a todos los partidos comunistas o poscomunistas en sus estados miembros que aún no lo han hecho para reevaluar la historia del comunismo y su propio pasado, distanciarse claramente de los crímenes cometidos por regímenes comunistas totalitarios y condenarlos sin ninguna ambigüedad”. Posteriormente, el pasado 19 de septiembre de 2019, el Parlamento Europeo aprobó la Resolución sobre la importancia de la memoria histórica para el futuro de Europa que “condena los crímenes cometidos por los regímenes nazi y comunista a lo largo del siglo XX” en la que equiparan, nuevamente, al nazismo y al “estalinismo” demandando a todos los Estados miembros de la UE que conmemoren el 23 de agosto como Día Europeo Conmemorativo de las Víctimas del Estalinismo y del Nazismo.

No le quepa duda alguna a los fascistas del Consejo de Europa, del Parlamento Europeo y de la Unión Europea que nuestro Partido reivindica la figura y la obra política tanto de Lenin como de Stalin, y que no sólo cualquier comunista, sino que cualquier trabajador que conozca mínimamente la historia, debe enorgullecerse de la Revolución de Octubre de 1917, de la lucha heroica del pueblo soviético, del Ejército Rojo y de la victoria de éste contra el fascismo, contra la Alemania nazi, la cual fue financiada por los monopolios, a los que hoy sirve la Unión Europea, y por la Reserva Federal estadounidense, entre otros. Y como comunistas en el Estado español, todavía mayor gratitud a la Unión Soviética pues prestó su ayuda a aquéllos que en el Estado español combatieron el golpismo fascista del criminal Franco y que tras vencer al fascismo en 1945 trataron de hacer que en España se restableciera la legalidad previa al golpe de Estado del criminal Franco, un régimen democrático a lo que las potencias imperialistas, fundamentalmente EEUU, se opusieron sosteniendo al criminal Franco en el poder durante 30 años.

Dimitrov nos enseñó, en su informe ante el VII Congreso de la Internacional Comunista, que “El fascismo es el poder del propio capital financiero. Es la organización del ajuste de cuentas terrorista con la clase obrera y la parte revolucionaria de los campesinos y de los intelectuales. El fascismo en política exterior es el chovinismo en su forma más brutal que cultiva un odio bestial contra los demás pueblos”. Sin duda, tanto los EEUU como su socio imperialista de la UE nos están dando lecciones de ello día a día, con sus criminales políticas económicas, con su criminal represión contra la clase obrera, con sus guerras de rapiña para saquear a los pueblos del mundo, con el racismo y el desprecio a la vida humana como lo acreditan los campos de exterminio de refugiados o los miles de muertos como consecuencia de los flujos migratorios por los que millones de seres humanos huyen de la barbarie de la guerra imperialista, los muros de la vergüenza y los bloqueos económicos que son auténticos actos de genocidio. Estos genocidas, vulgares fascistas, son los que tienen la desfachatez y el cinismo de sacar resoluciones como las que sacan contra el comunismo y los comunistas, contra los que somos la negación de su inmoralidad e inhumanidad.

Y es que el fascismo es revisionismo histórico que utiliza con habilidad todo tipo de engaño y demagogia, en palabras de Dimitrov “los fascistas revuelven con el hocico la historia de cada pueblo para presentarse como herederos y continuadores de todo lo que hay elevado y heroico en su pasado, y explotan todo lo que humilla y ofende a los sentimientos nacionales del pueblo como arma contra los enemigos del fascismo (…) el fascismo no solo azuza los prejuicios hondamente arraigados en las masas, sino que especula también con los mejores sentimientos de estas, con su sentimiento de justicia, y a veces incluso con sus tradiciones revolucionarias (…)”.

Sin duda, Dimitrov calca la manera de funcionar de los fascistas de ayer y de hoy, de Trump y de la Unión Europea, como hemos podido mostrar. El analfabeto de Trump no duda en reiterar el mensaje falso de los “100 millones de muertos del comunismo” condensado en el “libro negro del comunismo”, editado por un fascista católico que compendia la propaganda fascista así como la propaganda anticomunista de la Iglesia Católica – que no olvidemos apoyó tanto a Hitler como a Mussolini y Franco. Esos son los argumentos de Trump y la UE, los argumentos de un libro que ha sido refutado por multitud de académicos y que está alejado de una análisis científico de la historia, deformándola. ¡Ahí el revisionismo histórico de los fascistas en los días que corren!

La realidad es que el imperialismo vive en días que no le corresponden, a tenor del desarrollo de las fuerzas productivas. La realidad objetiva es que el imperialismo está quebrado, obstruido y supone objetivamente un freno para el desarrollo de la humanidad, para la vida humana. Y todo ello, la inviabilidad del sistema, lo conocen perfectamente los monopolios, la oligarquía financiera, siendo plenamente consciente que solo le queda el fascismo para, como nos enseñó Dimitrov, “atajar el crecimiento de las fuerzas de la revolución mediante la destrucción del movimiento obrero revolucionario de los obreros y campesinos”, única manera para estirar el tiempo extra que está viviendo y que ya no le corresponde vivir.

Es la propia oligarquía la que reconoce que su único enemigo somos los comunistas, pues son sabedores que somos la parte más avanzada, y el alma, de la clase obrera y la única parte que es capaz de dirigir a la misma a derrocar el imperialismo y edificar el socialismo, que es la única solución que tiene la mayoría de la humanidad para poder vivir en libertad y dignidad ante el laberinto mortal al que nos está conduciendo el capitalismo monopolista. Por eso la necesidad de imponer el fascismo, como lo llevan haciendo desde hace décadas. Sin embargo, que la burguesía abrace el fascismo nos indica, también, la precariedad de su poder, los pies de barro de la burguesía monopolista que hunde sus pies en el cieno de la corrupción y con un sistema económico y social quebrado, en bancarrota. Es la constatación que estamos en la fase histórica donde lo viejo debe terminar de morir y lo nuevo, el socialismo, debe imponerse, por ello, el fascismo es la única vía que tiene el capital financiero para tratar de sostener su sistema caduco, corrompido y quebrado. La depauperación de la vida del pueblo trabajador se acrecienta a cada día que pasa, una clase obrera a la que le han arrebatado todos sus derechos y a la que únicamente le queda uno, su legítimo derecho a rebelarse contra este sistema criminal que la oprime, que la deshumaniza y la hunde en el oprobio. El socialismo es la única salida que tienen los países del mundo y el género humano , el único que puede desatorar la situación a la que nos ha conducido el imperialismo devorado por sus propias contradicciones. La historia nos ha enseñado que la clase obrera únicamente puede emanciparse armada con su ciencia revolucionaria, el marxismo-leninismo, y dirigida por su Partido, el partido leninista, que le dota de un programa revolucionario y una táctica para derrocar al capitalismo y conquistar y desarrollar el socialismo. Por ello los capitalistas arremeten contra los comunistas. Por ello, y ante la situación extrema a la que el capitalismo en su fase terminal, en su agonía, nos lleva, los comunistas debemos acumular fuerzas, debemos dotarnos de ese programa revolucionario para avanzar en la unidad de los comunistas y, poder así, tener un mayor entronque con la clase obrera y, en la lucha conjunta revolucionaria contra el sistema junto con nuestra clase, en la práctica, se avanzará en la homogenización ideológica de los comunistas conformándose el Partido único que los trabajadores necesitan para cumplir su misión histórica: acabar con el capitalismo y construir el socialismo como paso previo al comunismo.

 

¡No hay más salida que derrocar revolucionariamente el capitalismo!

¡Conquistemos la unidad de los comunistas para que los trabajadores cumplan la misión histórica que les corresponde!

¡Por la Revolución Socialista!

Madrid, 3 de junio de 2020

COMITÉ EJECUTIVO DEL PARTIDO COMUNISTA OBRERO ESPAÑOL (P.C.O.E.)




El Circo del Sol al borde de la quiebra

Considerado el mayor teatro del mundo, a sus espectáculos en más de 300 ciudades de todo el planeta han acudido hasta 11 millones de personas cada año. A pesar de esa fulgurante trayectoria, por increíble que parezca, dos meses de pandemia han conseguido tumbar al Circo del Sol.

Su fundador y ex-director Guy Laliberté, convertido en 2007 en «Empresario del año» por la organización multinacional Ernst & Young, anuncia estos días en una carta abierta que la compañía, que ya ha despedido a 4.679 trabajadores (el 95% de la plantilla), tiene una deuda de 900 millones de dólares y busca inversores para rescatarlo.

El fundador había vendido años atrás casi todas las acciones a la empresa texana de capital riesgo TPG Capital (60%), el fondo de inversiones chino Fosun (20%) y a los fondos de inversión de Dubai Istithmar World y Nakheel (20%).

De nada ha servido la creatividad y la innovación de sus artistas y trabajadores y el apoyo de millones de seguidores ininterrumpidos durante más de tres décadas. Toda esa riqueza generada colectivamente con el trabajo físico e intelectual, ha sido apropiada por sus dueños y se esfuma en un suspiro como si nunca hubiera existido. Los miles de trabajadores del Cirque de Soleil quedan con una mano delante y otra detrás mientras sus dueños disfrutan del capital generado.

Bajo la propiedad privada, también de los medios de producción cultural, el fruto de todo esfuerzo colectivo por muy creativo que sea acaba convirtiéndose en capital en manos de unos amos que dictan qué podrá hacerse y qué no. Esta es una muestra de cómo el régimen económico determina la libertad en todos los ámbitos de la sociedad.

La socialización de todos los medios fundamentales de producción, el socialismo, liberará a los productores de los bienes materiales, espirituales y culturales del yugo de los dueños y les permitirá crear y producir aquello que satisfaga plenamente las necesidades materiales, espirituales y culturales de la sociedad.

 

Secretaría de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)