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Frente Amplio: Una nueva etiqueta para la vieja política reformista

Una vez más, cuando se aproxima un nuevo ciclo electoral, las organizaciones de la izquierda institucional vuelven a poner sobre la mesa la misma receta: unidad electoral, nuevas siglas y promesas de construir un espacio «amplio» capaz de frenar a la derecha. Esta vez el nombre escogido es Frente Amplio, una alianza impulsada inicialmente por Movimiento Sumar, Izquierda Unida, Más Madrid y Comuns, que pretende incorporar también a otras fuerzas como Compromís, MÉS y Chunta Aragonesista. El propio proyecto mantiene abierta, además, la cuestión de la participación de Podemos.

El envoltorio cambia, pero el contenido político fundamental permanece. Después de Sumar llega el Frente Amplio; antes de Sumar hubo Unidas Podemos y otras fórmulas de confluencia. Cambian las marcas, los nombres de los candidatos y los equilibrios internos entre las distintas organizaciones, pero vuelve a aparecer el mismo planteamiento: la clase trabajadora debe confiar electoralmente en una determinada suma de partidos para impedir el avance de la derecha y garantizar una supuesta política progresista desde las instituciones.

El problema no reside en que diferentes organizaciones puedan alcanzar acuerdos. La unidad de la clase obrera es una cuestión fundamental. Pero la unidad de la clase trabajadora no puede confundirse con la suma electoral de organizaciones políticas que mantienen una estrategia basada fundamentalmente en la gestión de las instituciones burguesas. Un frente de organizaciones obreras no adquiere automáticamente un carácter revolucionario por incorporar la palabra «frente» a su denominación.

Y aquí aparece una cuestión que conviene señalar. El término «Frente Amplio» no es políticamente neutro. Sus propios impulsores han explicado que la denominación pretende jugar con la idea de amplitud y con el precedente histórico del Frente Popular de la Segunda República. Pero la utilización de una terminología asociada a experiencias históricas de unidad popular no convierte una coalición electoral contemporánea en un frente de clase. Para los comunistas, el contenido de una alianza política no viene determinado por su nombre, sino por su programa, su composición de clase, sus objetivos y la estrategia que desarrolla.

El debate que aparece estos días en los medios resulta revelador. Se habla de la marca, de quién encabezará la candidatura, de la incorporación de Podemos, de las primarias, de los equilibrios territoriales y de cómo conseguir que el nuevo espacio sea «verdaderamente amplio». Incluso Ada Colau ha planteado como condición que el proyecto sea más amplio y que incluya a Podemos. Es decir, buena parte de la discusión vuelve a situarse alrededor de cómo organizar electoralmente el espacio político situado a la izquierda del PSOE, y no alrededor de cómo organizar a la clase trabajadora para transformar las relaciones económicas y sociales que determinan sus condiciones de existencia.

Este fenómeno tampoco aparece de la nada. Sumar llegó al Gobierno de coalición junto al PSOE y sus organizaciones han participado desde las instituciones en la gestión del Estado. Ahora se prepara una nueva plataforma para las próximas elecciones generales. El cambio de marca puede ser presentado como una nueva etapa, pero existe una continuidad evidente en la estrategia: la participación electoral y la presencia institucional como eje fundamental de la actividad política.

El marxismo-leninismo no plantea que los comunistas deban ignorar las elecciones o abandonar la lucha política en las instituciones. Lo que plantea es algo muy diferente: las instituciones del Estado burgués no pueden convertirse en el centro de la estrategia revolucionaria ni en un sustituto de la organización independiente de la clase obrera. Cuando la política queda reducida a conseguir representación parlamentaria, formar gobiernos y administrar determinadas parcelas del Estado, la actividad política termina subordinándose a los límites impuestos por el propio sistema.

Y aquí aparece la contradicción fundamental de estas propuestas. Se pide a los trabajadores que se movilicen para votar a una determinada candidatura con el argumento de que hay que impedir que gobierne la derecha. Pero la explotación capitalista no desaparece porque gobierne una u otra fuerza dentro del marco institucional existente. El trabajador continúa vendiendo su fuerza de trabajo; la propiedad privada de los medios de producción permanece; la burguesía conserva el control económico y la capacidad de condicionar la política; y el Estado continúa funcionando sobre las bases materiales de la sociedad capitalista.

Esto no significa que todas las medidas concretas impulsadas por las distintas fuerzas sean idénticas, ni que carezca de importancia quién gobierne en determinadas circunstancias. Significa que las reformas dentro del capitalismo tienen unos límites objetivos y que esos límites no pueden ocultarse detrás de campañas electorales que presentan cada nuevo ciclo como una oportunidad histórica para «parar a la derecha».

La derecha, además, no aparece en el vacío. El crecimiento de las posiciones reaccionarias está relacionado con las contradicciones del propio capitalismo y con la incapacidad del reformismo para ofrecer una salida de clase a los problemas que afectan a los trabajadores. Cuando los salarios pierden poder adquisitivo, la vivienda se convierte en una mercancía cada vez más inaccesible, aumenta la precariedad o se deterioran los servicios públicos, limitarse a gestionar esas contradicciones desde las instituciones no elimina sus causas.

La respuesta marxista-leninista no puede consistir en elegir cada cuatro años qué representantes administrarán esas contradicciones. La cuestión fundamental es otra: organizar a la clase trabajadora, desarrollar su conciencia política y construir una fuerza revolucionaria capaz de disputar el poder a la burguesía.

Por eso tampoco debemos confundir la unidad. Los comunistas defendemos la unidad de los trabajadores, pero esa unidad debe construirse en torno a los intereses de clase y a la lucha, no alrededor de la simple suma de siglas electorales. Unidad en los centros de trabajo, en los barrios, en los conflictos laborales, en la defensa de los servicios públicos y en la lucha contra la explotación y la opresión capitalista. Unidad que permita elevar la conciencia política de la clase y no limitarla a convertirla periódicamente en electorado.

El capitalismo no necesita únicamente gobiernos de derechas para reproducirse. También puede ser administrado desde posiciones reformistas, mediante reformas destinadas a amortiguar sus contradicciones sin cuestionar sus fundamentos. Esta es precisamente la función histórica que el marxismo ha atribuido al reformismo: presentar la reforma del capitalismo como alternativa a su superación revolucionaria.

Por eso, frente a cada nueva marca electoral, los comunistas debemos volver a plantear las cuestiones fundamentales. ¿Qué clase posee los medios de producción? ¿Quién controla la economía? ¿Quién decide qué se produce y para qué? ¿Quién se apropia de la riqueza generada por los trabajadores? ¿Qué clase controla el Estado?

Mientras esas relaciones permanezcan intactas, cambiar el nombre de la candidatura no cambia la naturaleza del sistema.

El Frente Amplio podrá ser una nueva fórmula electoral y podrá obtener mayor o menor representación. Podrá incorporar a Podemos, a Compromís, a MÉS, a CHA u otras organizaciones, y podrá presentar un programa con determinadas medidas sociales. Todo eso pertenece al terreno de la política electoral concreta. Pero los comunistas analizamos algo más profundo: qué estrategia de transformación social propone y qué papel concede a la clase trabajadora en ella.

Porque la verdadera unidad que necesita la clase obrera no es la unidad para votar cada cierto tiempo a una nueva coalición. Es la unidad consciente y organizada para luchar por sus propios intereses históricos. Y esa unidad no necesita nuevas etiquetas. Necesita organización, conciencia de clase y una estrategia revolucionaria.

 

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¡Socialismo o barbarie!

 

Comisión de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)