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La imposibilidad de ganar una guerra

La guerra ha entrado en una fase histórica en la que la posibilidad de una victoria militar decisiva y completa se encuentra cada vez más limitada por el propio desarrollo de las fuerzas productivas. La potencia destructiva de la tecnología moderna, que va desde las armas de precisión hasta los arsenales nucleares y la capacidad de destruir infraestructuras enteras en cuestión de horas, hace que la guerra entre grandes potencias tienda a convertirse en una amenaza para las propias condiciones materiales de existencia de las sociedades que la emprenden. Su síntoma principal es la inflación con la que se subsidia el conflicto y que expulsa a grandes capas de la clase obrera fuera del circuito de las necesidades básicas, como hemos podido ver en el Estado español en el caso de Maricarmen o en el aumento de la pobreza infantil. Para eso, los distintos bloques imperialistas necesitan gobiernos serviles que transfieran dinero público hacia el negocio privado de la guerra imperialista.

Pero que exista la imposibilidad de ganar una guerra no significa que la guerra haya dejado de ser posible. Significa, más bien, que sus contradicciones se han agudizado. Ucrania constituye un ejemplo de cómo una guerra puede prolongarse durante años sin producir una solución sencilla o definitiva, mientras el coste humano y material se acumula. La clase obrera rusa arrastra hoy una inflación que supera el 40% y comienzan los problemas con el suministro de petróleo. Los conflictos y tensiones en torno a Irán muestran asimismo cómo las rivalidades entre Estados pueden extenderse mucho más allá del campo de batalla inmediato y adquirir una dimensión regional e internacional. Se puede afirmar que, igual que la Guerra Civil en el Estado español y la Anexión de Austria por el nacional-socialismo fueron los primeros capítulos de la Segunda Guerra Mundial imperialista, estos sean los prolegómenos de la Tercera.

Esta situación no es baladí, y debe insertarse en la inevitable estructura del imperialismo, para el cual el planeta solo constituye un espacio vacío susceptible de ser conquistado indefinidamente. Los distintos bloques imperialistas están divididos entre Estados, alianzas, mercados, zonas de influencia y capitales que compiten entre sí. La expansión de una potencia choca necesariamente con los intereses de otras. El reparto territorial y económico del mundo convierte la expansión en una fuente permanente de conflictos entre bloques y Estados imperialistas.

Aquí aparece una contradicción fundamental. El imperialismo necesita la competencia, la expansión y la búsqueda de nuevas condiciones para la revalorización del capital, pero el mundo ya está repartido y cada nueva tentativa de modificar ese reparto amenaza intereses establecidos. La guerra aparece así no como un accidente externo al sistema, sino como una de las formas mediante las cuales sus contradicciones pueden manifestarse.

Pero el mismo desarrollo de la tecnología militar que hace de la guerra una herramienta de la competencia imperialista también limita su capacidad para producir una solución definitiva. Cuanto mayor es el poder destructivo acumulado, mayor es el riesgo de que una escalada destruya aquello mismo que las potencias pretenden controlar y cuanto más se cronifica el conflicto, mayor es la ganancia de los lobbies de la industria armamentística y de reconstrucción que funcionan a crédito mediante la producción de dinero ficticio que dispara la inflación contra la clase obrera. Además, la guerra puede modificar correlaciones de fuerzas, fronteras o gobiernos, pero difícilmente puede eliminar la contradicción fundamental que la origina, que no es otra que la competencia entre capitales y Estados por un mundo cuyos recursos, mercados y territorios ya se encuentran distribuidos y que no hay que olvidar que son finitos.

Por eso la cuestión no puede reducirse a encontrar una salida militar a cada conflicto. Mientras subsistan las bases sociales y económicas del imperialismo, las contradicciones que alimentan la rivalidad entre potencias continuarán reproduciéndose bajo nuevas formas. La paz, entendida simplemente como ausencia temporal de combates, no elimina esas contradicciones y se convierte solamente en una tregua dentro de una competencia que continúa por otros medios.

La paradoja de nuestra época es, por tanto, que la guerra resulta simultáneamente más destructiva y menos capaz de resolver de manera definitiva las contradicciones que la producen. El imperialismo necesita disputar y redistribuir constantemente posiciones de poder, pero cada redistribución desencadena conflictos de una escala que hace cada vez más difícil convertir la victoria militar en una solución estable.

Llegados a este punto, el problema de la guerra no puede separarse del problema del sistema que la produce, el imperialismo. Mientras la producción social permanezca subordinada a la acumulación privada y la competencia entre capitales se exprese también como competencia entre Estados y bloques imperialistas, la tendencia hacia la confrontación no desaparecerá simplemente mediante acuerdos diplomáticos o victorias militares. La cuestión histórica pasa entonces por transformar las relaciones sociales que constituyen la base material de esas contradicciones, y no únicamente por decidir qué bloque consigue imponerse en cada conflicto.

La clase obrera mundial, que soporta sobre sus hombros la inflación, la destrucción y también pone los muertos, no tiene otra solución que la revolución socialista que desgaje de la cadena imperialista estados completos que ayuden a nuevos estados a desgajarse. La mejor apuesta por la paz es la organización obrera en su partido comunista, que en el Estado español se llama PCOE, hacia la revolución socialista. La revolución socialista es la única esperanza de destruir la base socioeconómica en la que se asienta el imperialismo, germen de todas las guerras, y que transforme la guerra entre países por la colaboración mutua entre los obreros de todos los países.

¡Paz entre pueblos, guerra entre clases!

¡Por la emancipación de la clase obrera!

¡Por la paz mundial, organízate en el PCOE!

 

Comisión de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)