La cólera de la clase obrera recorre Europa
Las revueltas, movilizaciones y protestas que sacuden Francia, Albania, Italia, Portugal y España no pueden entenderse como fenómenos aislados ni como simples estallidos de descontento pasajero. Estas revueltas han de situarse en el marco de las contradicciones cada vez más profundas del capitalismo, un sistema que, mientras concentra la riqueza en manos de una minoría, condena a amplias capas de la clase obrera a unas condiciones de vida cada vez más precarias.
La inflación, el encarecimiento de la vivienda, la pérdida de poder adquisitivo, la inestabilidad laboral, los salarios insuficientes y el deterioro de los servicios públicos forman parte de una misma realidad material para la clase obrera que produce toda la riqueza social y que cada vez encuentra mayores dificultades para reproducir sus propias condiciones de existencia. Allí donde los beneficios privados se imponen sobre las necesidades colectivas, donde la rentabilidad empresarial prevalece sobre el derecho a una vida digna, se acumulan las condiciones para el estallido social.
Esas particularidades políticas y económicas reflejan la contradicción fundamental que enfrenta a quienes viven de su trabajo con un sistema económico que subordina la satisfacción de las necesidades humanas a la acumulación de capital. Cuando la supervivencia cotidiana se convierte en una carrera de obstáculos, donde trabajar ya no garantiza unas condiciones de vida dignas y nuestro futuro aparece hipotecado por la precariedad, el descontento deja de ser una cuestión individual para adquirir una dimensión colectiva y política de nuestra clase social, la clase obrera.
A esta situación se suma el creciente peso de los presupuestos militares y de defensa en las prioridades de numerosos gobiernos europeos. Mientras se exige a la clase obrera que acepte sacrificios, contenga sus demandas salariales y asuma recortes en servicios públicos cada vez más deteriorados, se destinan enormes recursos públicos al rearme y al fortalecimiento de la industria militar. Cada euro destinado a defensa se traslada automáticamente a la reducción del gasto social, lo que deja de relieve un modelo de prioridades en el que el gasto militar puede crecer mientras persisten graves problemas de acceso a la vivienda, listas de espera sanitarias, insuficiencia de recursos educativos y salarios que no permiten llegar a fin de mes. La clase obrera paga, mediante el deterioro de sus condiciones de vida, las consecuencias de una escalada armamentística en un sistema económico, el imperialismo, que no puede sobrevivir por otro lado que por la guerra.
Pero el aumento de la temperatura de la lucha de clases no se desarrolla únicamente en los centros de trabajo, en las calles o en las instituciones. También se libra en el terreno de la información y de la conciencia social. Los medios de comunicación al servicio del capital, presentan las protestas desde el prisma del desorden, la violencia o la amenaza a la estabilidad, relegando a un segundo plano las condiciones materiales que las originan y las reivindicaciones de quienes participan en ellas. La criminalización de la protesta puede contribuir a aislar a los sectores movilizados, enfrentar a trabajadores entre sí y deslegitimar cualquier cuestionamiento profundo del orden económico existente. Por eso, para la clase obrera, es más necesario que nunca tomar conciencia de la necesidad de socializar los medios de producción, donde se incluye a los medios de comunicación del capital, que tienen vínculos con los grandes grupos económicos que condicionan qué voces tienen mayor capacidad para intervenir en el debate público y qué problemas reciben atención. La libertad de expresión no puede reducirse a la libertad de unos pocos propietarios para decidir qué se publica, qué se silencia y desde qué perspectiva se interpreta la realidad. Por ello, la reivindicación de la socialización de los medios de producción debe incluir también los grandes medios de comunicación, las infraestructuras informativas y los recursos tecnológicos que permiten producir y difundir conocimiento.
Ahora bien, la indignación, por legítima que sea, no se transforma automáticamente en una alternativa política capaz de modificar las relaciones de producción. Las protestas pueden arrancar concesiones, frenar determinadas medidas y abrir espacios de solidaridad, pero también pueden dispersarse, ser canalizadas hacia soluciones parciales o agotarse sin alterar las estructuras que reproducen la explotación. La espontaneidad expresa la existencia de contradicciones reales, pero no garantiza por sí sola una conciencia política compartida ni una estrategia común capaz de superar la fragmentación de la clase trabajadora. Aquí aparece una de las grandes tareas pendientes de nuestro tiempo, la construcción de una organización comunista arraigada en la clase obrera, capaz de comprender sus condiciones concretas, participar en sus luchas cotidianas y contribuir a unir sus reivindicaciones inmediatas con una perspectiva de transformación social. Un partido que no pretenda sustituir a la clase obrera, sino organizarse con ella y entre ella y que se forme en los centros de trabajo, en los barrios y en los espacios de lucha, que aprenda de las experiencias de las masas y contribuya a dotarlas de herramientas políticas, organización y objetivos comunes.
La clase obrera no necesita únicamente expresar su malestar, necesita poder convertir su fuerza social en organización política. Las fronteras nacionales no eliminan el carácter internacional de las relaciones capitalistas, y tampoco deberían impedir que los trabajadores de distintos países reconozcan sus intereses comunes frente a problemas que, aunque adopten formas diferentes, están relacionados con la misma estructura económica.
Es una pena que, en un momento en que el descontento social vuelve a manifestarse con fuerza en distintos puntos de Europa, la clase obrera no cuente en todas partes con organizaciones comunistas suficientemente fuertes, arraigadas y fundidas con las masas como para contribuir a orientar sus luchas hacia una transformación profunda de la sociedad. La distancia entre la magnitud de las contradicciones sociales y la capacidad organizada para darles una respuesta política sigue siendo un problema de primer orden. La historia demuestra que la explotación no desaparece por el mero hecho de que sea cada vez más insoportable, ni que la indignación colectiva baste para construir una sociedad distinta. Hace falta organización, conciencia, solidaridad y una estrategia capaz de convertir la resistencia dispersa en fuerza colectiva consciente. El reto consiste en que las luchas contra la precariedad, la carestía de la vida, los recortes sociales y el rearme no permanezcan aisladas, sino que contribuyan a desarrollar una alternativa capaz de cuestionar las relaciones de propiedad y poder que sostienen el sistema.
Porque el problema es que una sociedad organizada en torno a la acumulación privada de riqueza sea incapaz de garantizar unas condiciones de vida dignas a quienes producen esa riqueza. Mientras la producción, los recursos y los principales instrumentos de información permanezcan subordinados a intereses privados, las necesidades de la mayoría seguirán enfrentándose a los límites impuestos por la rentabilidad. La tarea histórica del PCOE consiste en transformar la indignación en organización, la solidaridad en conciencia colectiva y la resistencia en capacidad política para construir una sociedad en la que la riqueza social, los medios de producción y el conocimiento estén al servicio de quienes los hacen posibles, la clase obrera.
¡Paz entre pueblos, guerra entre clases!
¡Construye organización en el PCOE!
¡Socialismo o barbarie!
Comisión de Agitación y Propaganda del Partido Comunista Obrero Español (PCOE)