A nadie se le escapa que la situación del imperialismo, en general, y de la potencia norteamericana, en particular, es de un sistema inviable y de bancarrota económica y política.
El imperialismo, en cada crisis que genera, engendra las causas para una crisis de intensidad mayor pues las medidas que adopta, lejos de atajar las causas que generan las mismas, lo que hacen es agravarlas.
Las medidas adoptadas por el imperialismo, tras la implosión de la URSS y del campo que se denominó del socialismo real, liderado por EEUU y la Europa reaccionaria – Gran Bretaña, Alemania y Francia, fundamentalmente – para que sus monopolios pudieran engullirse a la Europa del Este, configurar un mapa político a imagen y semejanza de los intereses económicos de éstos y desarrollar, a nivel planetario, la política económica propia para satisfacer los intereses económicos de los monopolios, fundamentalmente norteamericanos, de maximización de beneficios a costa del sometimiento y del saqueo de los pueblos y, cómo no, de la sobreexplotación, han esculpido el mundo miserable de hoy. Sobreexplotación para la que los monopolios, en su naturaleza ávara, implementaron por la vía de la deslocalización de la producción y estableciendo marcos laborales que dan cumplimiento a la homogeneización por debajo de las condiciones de los obreros. En ese proceso de deslocalización, EEUU y otras potencias imperialistas liquidaron su industria, trasladando la producción y, también, tecnología hacia Asia, fundamentalmente China, en busca de mano de obra ultra barata en la búsqueda de beneficios. Pero ese movimiento no sólo implicaba trasladar tecnología y producción, sino que entregó la capacidad no solo de avance tecnológico, sino desplazó el control de las cadenas de producción y distribución mundiales hacia China, desarrollándose como potencia económica que pugna por la hegemonía en la actualidad. Una potencia económica que en la crisis de las subprime puso su aparato productivo al servicio de su política exterior, ante la caída de la demanda fundamentalmente norteamericana, engendrando el proyecto de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, o Nueva Ruta de la Seda, desde 2013, lo que ha servido a China no sólo para erigirse en potencia hegemónica sino que, junto con BRICS, construir un sistema financiero alternativo al sistema dominado por EEUU, siendo todo ello consecuencia de la política de los monopolios norteamericanos que hoy confrontan a dicho grupo BRICS y, fundamentalmente, a China.
Tras la caída de la URSS se produce un ingente proceso de transferencia de riqueza hacia los monopolios, con políticas bestiales de privatización realizadas por socialdemócratas y neoliberales – reaccionarios todos ellos -, se suceden golpes de estado y guerras de rapiña – Guerra del golfo, Somalia, Bosnia, Yugoslavia, Afganistán, Iraq, Libia, Siria, Palestina, Etiopía, Yemen, Sudán,… – que en lo que llevamos de siglo XXI han acabado con la vida de, en torno, 8 millones de seres humanos, amén de una ingente cantidad de decenas de millones de personas desplazadas condenadas a vivir en desarraigo, al tráfico de seres humanos, etcétera, por no hablar de los actos de genocidio, como los bloqueos económicos realizados por EEUU y la UE, que entre 1970 y 2021 causaron la muerte de 38 millones de seres humanos en países del tercer mundo, según artículo de los profesores universitarios Jason Hickel, Omer Tayyab y Dylan Sullivan (profesores de la Universitat Autònoma de Barcelona los dos primeros y de la Universidad Macquarie de Sydney el tercero).
El imperialismo, como se puede comprobar, es la barbarie para la humanidad, que es la clase obrera. El imperialismo también arroja la pugna entre potencias imperialistas por el dominio de los recursos naturales, de los territorios y el control de las rutas y corredores comerciales, en definitiva, por el reparto y el control del mundo conduciendo a la humanidad a la guerra.
EEUU no acepta su declive imperial, no acepta que su hegemonía llega a su fin y, como hacen los imperialistas, no duda en matar lo que haga falta, en ir a la guerra, para tratar de sostener una posición hegemónica cada día más en entredicho.
En el mundo, cada vez son más los países que buscan zafarse del dólar y del dominio norteamericano, un mundo donde la mayor capacidad productiva mundial ya no se halla ni en EEUU ni en Europa, sino que, a nivel mundial, este motor industrial se sitúa en Asia, fundamentalmente China y la India, y en el continente americano la producción industrial se ha desplazado hacia el sur, fundamentalmente México y Brasil. Trump comprueba como en el continente americano, su patio trasero, China tiene una gran influencia tanto económica, comercial como financiera y donde los BRICS cada vez tienen más adhesión y más fuerza en detrimento de EEUU y sus aliados.
China controla el 60% de las tierras raras del mundo y el 90% de la capacidad refinadora de éstas; EEUU y sus aliados del G7 significan el 9,47% de la población mundial, BRICS el 54,07%; los países del G7 aportaron al PIB mundial en 2024 el 29,6% por el 36,7% de BRICS+, que controla los mayores yacimientos petrolíferos y de gas, evidenciándose el declive imperialista norteamericano, con una deuda cada día mayor y siempre impagable.
El objetivo de EEUU es detener el desarrollo chino, y es ahí donde se debe circunscribir la política llevada a término por Trump desde que accedió a la presidencia. En esta dirección, EEUU pretende dominar todo el continente americano para saquear los recursos de dicho continente, obligado por el avance de BRICS no solo en Asia, sino también en el continente africano, así como por el retroceso de su dominio financiero y la debilitación del dólar, de tal modo que el mundo se halla en un proceso, por decirlo así, de desdolarización que debilita económicamente a EEUU.
En este contexto de declive imperial norteamericano, de descomposición del imperialismo y de fascismo, de desarrollo y competencia tecnológica, donde se impone la automatización de la producción que disloca la composición orgánica del capital negando la base económica capitalista, la salida es la guerra imperialista y es en este cuadro donde se incardina la agresión militar norteamericana – negando un derecho internacional fenecido que se reduce a la hipocresía, la fuerza y el desprecio a la vida – en la región de Oriente Medio, donde el fascista estado de Israel es la extensión de EEUU en la zona que, también, está aliada con las élites de los estados satélites de EEUU en el Golfo Pérsico, para defender los intereses crematísticos de los monopolios norteamericanos y geoestratégicos de dicha potencia criminal.
La desmembración de la República Islámica de Irán, aliada histórica de Rusia y miembro de BRICS desde 2024, y su cambio político es necesario para garantizar el dominio sobre los recursos energéticos – gas, oro, uranio, tierras raras y petróleo – y controlar dicha región del mundo por parte de EEUU, fortaleciendo la posición del estado sionista, así como obstaculizar el acceso a dichos recursos por parte de China y debilitar la capacidad productiva de dicha potencia y del grupo BRICS.
Esta guerra que EEUU ha desencadenado contra Irán retratará a los fascistas europeos, no solo Gran Bretaña que ya está participando en la contienda junto a EEUU e Israel, sino a Francia y Alemania, todos ellos en una situación de quiebra económica y social que, con toda probabilidad, implicarán al conjunto de la UE, marionetas de EEUU.
Nos hallamos ante un reparto de un mundo repartido, estamos ante una pugna interimperialista por la apropiación de los recursos naturales y la conquista, a sangre y fuego, de mercados. Los imperialistas conducen a la guerra a la humanidad, que es la fórmula que tienen los capitalistas para reordenar el mundo en base a sus intereses, resolver sus contradicciones e incrementar sus márgenes de beneficio.
La guerra imperialista la pagaremos el proletariado tanto en términos económicos como en sangre, en vidas humanas, siendo la fórmula de los imperialistas para tratar de conjugar las contradicciones que genera la automatización de la producción, que les genera un excedente humano que resolverán destruyendo fuerza de trabajo, matando a seres humanos, y la guerra es una de las formas de hacerlo.
Ninguna potencia mundial hoy lucha por superar el capitalismo, todas defienden los intereses de sus monopolios, de sus élites, de los grandes capitalistas. El imperialismo está agotado, el capitalismo no se sostiene y la automatización de la producción requiere de la superación de las relaciones de producción capitalistas, requiere la liquidación de la propiedad privada sobre los medios de producción al objeto de armonizar el ingente crecimiento de las fuerzas productivas con unas relaciones de producción coherentes con las mismas.
Este es el mundo bárbaro en el que nos corresponde vivir, un mundo que nos lleva al proletariado a las puertas de la Revolución Proletaria. O nuestra clase social toma conciencia de ello y nos organizamos para derrocar y aniquilar revolucionariamente a la burguesía en cada nación, o seremos pasto del fascismo, del sufrimiento y de la muerte que es el futuro que nos deparan estos criminales con la guerra imperialista de la que nadie se va a librar. El imperialismo está moribundo, pero el imperialismo no cae solo, hay que liquidarlo y ello únicamente lo puede hacer nuestra clase social, el proletariado, armado con la ideología y el Partido marxista-leninista, derrocando revolucionariamente al capitalismo y construyendo el socialismo, poniendo todo el poder en manos del proletariado.
¡Por la salida de la Unión Europea y de la OTAN!
¡Por el fortalecimiento del Partido Comunista Obrero Español (PCOE) y por la Revolución socialista para acabar con el capitalismo!
¡Socialismo o barbarie!
Madrid, 1 de marzo de 2026
COMITÉ EJECUTIVO DEL PARTIDO COMUNISTA OBRERO ESPAÑOL (P.C.O.E.)