Libia: un país destrozado por la OTAN

Introducción

Libia, un país que era el ejemplo de desarrollo económico y social de su zona, se levanta hoy débilmente sobre las ruinas de una guerra emprendida por la…
  1. Introducción

Libia, un país que era el ejemplo de desarrollo económico y social de su zona, se levanta hoy débilmente sobre las ruinas de una guerra emprendida por la OTAN; una guerra llevada a cabo por el Nobel de la Paz que pasó sus dos mandatos completos sin un solo día sin guerra. Un país en el que son encerrados en celdas africanos procedentes de Nigeria, Camerún, Chad y otras partes del continente, no porque sean criminales, sino porque al huir de una vida de guerra y pobreza han sido capturados por traficantes que controlan la región a causa de la labor criminal del imperialismo. Son seres humanos, pero esa condición ha quedado en un segundo plano para sus captores: ahora son esclavos. La mayoría acabarán trabajando de forma forzada en la construcción y en el campo. Otros, morirán. Esto es el capitalismo en su fase actual de putrefacción, parasitismo y control monopolista de los recursos, el cual no puede ofrecer a los pueblos del mundo nada más que explotación, represión, expolio, guerra y exterminio.

Hoy, a finales de septiembre de 2020, Libia ha desaparecido por completo de la actualidad televisiva. Ya no existe para la prensa occidental. Se ha convertido en un recuerdo lejano del imaginario colectivo que da paso a nuevas injerencias imperialistas como la actual campaña contra Bielorrusia o la ya más que reiterada propaganda contra Venezuela. Libia se encamina a su octavo año de guerra civil, de mercados de esclavos, de bandas armadas, milicias y de señores de la guerra. La que fue la mayor potencia norteafricana se perfila como un Estado fallido que refleja a la perfección el destino que la burguesía ofrece para el proletariado mundial.

El presente documento aborda la actual situación libia desde una perspectiva que toma como núcleo central la importancia de los recursos energéticos y la inestabilidad política del Estado en su historia reciente, tras el asesinato de Gadafi. Las raíces del conflicto, la disposición y descentralización del poder, el control por las fuentes de hidrocarburos y el actual mercado de esclavos se mezclan para dibujar un proceso político completamente desgarrador.

  1. El asesinato de Muamar el Gadafi y la labor de la OTAN

Lo que comenzó como unas protestas antigubernamentales – que se enmarcaban dentro de la denominada «Primavera Árabe» –, terminaron con la intervención de la OTAN y la destrucción del país con más altos estándares de vida en toda África, con educación y sanidad gratuitas. Cuando se produjo la “revolución” libia – motivada por la injerencia imperialista en el país – en la primavera de 2011, los medios y políticos, representantes de la burguesía y los intereses del capital financiero, no dudaron en concluir que el devenir del país cambiaría radicalmente con la muerte de Gadafi y la creación de un «Estado moderno».

La guerra en Libia estalla, oficialmente, el 15 de febrero de 2011, al objeto de deponer el gobierno de Muamar el Gadafi [gobierno 1969-2011] que terminaría por ser asesinado el 20 de octubre de ese mismo año. En 2011, Gadafi fue derrocado por los rebeldes con el apoyo de aviones y barcos estadounidenses, franceses y británicos. Tres días después, la guerra acaba, pero solo de forma oficial. Comienza entonces un período de transición en el que el gobierno es presidido por el empresario Abdurrahim El-Keib [gobierno 2011-2014] del Consejo Nacional de Transición (CNT) – institución posteriormente sustituida por el Congreso General de la Nación.

A pesar de la relativamente escasa intervención militar que fue necesaria en Libia, se puede afirmar sin ninguna duda que Libia fue una guerra plenamente estadounidense. Si la maquinaria política, diplomática y, posteriormente, militar de Estados Unidos no hubiera comenzado a girar, la guerra en Libia no habría existido. Todo lo que ocurrió tras el derrocamiento de Gadafi obedece a la injerencia de la administración Obama junto a la de sus adláteres franceses y británicos. Es decir, obedece al imperialismo criminal de la OTAN. Dentro de la administración Obama, son los dos últimos candidatos demócratas quienes más favorables se mostraron hacia la agresión imperialista y a la guerra; Hillary Clinton y Joe Biden. Derek Chollet – Subsecretario de Defensa para Asuntos de Seguridad Internacional [en el cargo 2012-2015] – dijo que “Libia parecía un caso sencillo”. Chollet, como apreció el resto de la administración Obama, entendió la Primavera Árabe como una oportunidad para impulsar políticamente a los candidatos que fueran más sumisos al imperialismo. Según afirmó el portavoz del Pentágono a la CNN: “a fecha de 30 de septiembre [de 2011] el Departamento de Defensa gastó en las operaciones en Libia 1.100 millones de dólares. Esto incluye las operaciones militares diarias, municiones, la retirada de los suministros y la asistencia humanitaria”. Posteriormente, Joe Biden casi duplicó esa cifra en declaraciones también a la CNN: “la alianza de la OTAN funcionó como se supone que debe hacerlo, compartiendo los costes. En total nos costó 2.000 millones de dólares y ninguna vida estadounidense”.

Para sorpresa de nadie, en Libia no se buscaba crear un Estado más próspero y que alcanzara nuevas cotas democratizadoras, lo que ansiaba el imperialismo eran los recursos naturales. Una vez saqueada y eliminada la mayor potencia norteafricana, Libia fue abandonada a su suerte:

“Poco después de la revolución, el proceso político – encargado en una hoja de ruta redactada por el CNT – se relevó demasiado endeble. Carecía en efecto de apoyo institucional suficiente para hacer frente a las milicias surgidas durante la guerra civil y a la resurrección de diversos grupos sociales, políticos, religiosos y regionales.” (Vanderwalle, 2015)

La etapa que sigue a Gadafi se ha caracterizado por el protagonismo y la proliferación de grupos armados que se han crecido de manera exponencial por todo el país. Con el objetivo de garantizar su seguridad y salvaguardar los pozos y puertos petrolíferos “la nueva élite política del Gobierno incipiente [tras las elecciones legislativas de 2012] dibujó una estrategia basada en la creación de «instituciones milicianas» próximas a un núcleo de poder determinado que debía garantizar su protección a cambio de la cual serían recompensadas.” (García & Mesa, 2015)

En ningún momento se promovió la creación de instituciones capaces de reconstruir el Estado libio tras la guerra civil de 2011. Las milicias comenzaron a obtener territorios de responsabilidad y control, cuya acción no tenía nada que ver con los intereses generales del proletariado de la región. “Un modelo en el que ninguna de las facciones renuncia a imponer su propia hegemonía política, atribuyéndose potestades de mando de un país desmantelado, carente de leyes y orden.” (García & Mesa, 2015)

 

  1. La Segunda Guerra Civil libia (2014 – actualidad)

A la caída de Gadafi le sucedió un desmantelamiento, fragmentación y descentralización absoluta del poder, que fue a parar a una telaraña de organizaciones armadas. Ocho años después, Libia continúa en esa situación. Una situación que se vuelve cada vez más exigente, pues el monopolio del capital económico libio depende del peso de la fuerza política, la cual se mide directamente en el número de combatientes que la protege. “Las rentas del petróleo y del gas se juegan en un escenario donde compiten élites rebeldes y élites políticas que interactúan constantemente por el control de país.” (García & Mesa, 2015)

 

La Segunda Guerra Civil libia comienza en mayo de 2014. Desde entonces, el general Jalifa Hafter, protegido por la CIA, ha asediado la ciudad de Trípoli con todas sus fuerzas. Bajo su mando, existe un gobierno paralelo en el país desde hace ya 6 años, provocando cientos de muertos y heridos en su intento fallido de tomar la capital. Sin embargo, Hafter no tiene el control real. Son las miles de milicias armadas quienes inclinan la balanza y ejercen una influencia real en el destino del país.

La duplicidad institucional se retrotrae a las elecciones parlamentarias de 2014, que dividieron las administraciones del país en dos gobiernos; uno liderado por Sarraj, con sede en Trípoli; y otro comandado por Hafter, con sede en la ciudad de Tobruk. Desde entonces, los intentos de unificación han caído en saco roto. En la zona occidental del país, en Trípoli, se encuentra el Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA, por sus siglas en inglés), que cuenta con el reconocimiento de la comunidad internacional – entre ellos, respaldado por la ONU – y está liderado por el Primer Ministro del Estado de Libia Fayez al Sarraj [gobierno 2016-actualidad]. Mientras tanto, en Tobruk se encuentra el parlamento fiel a las tropas de Hafter.

El grupo armado con mayor solidez es el Ejército Nacional Libio (LNA, por sus siglas en inglés) que controla Hafter, formado por exmiembros del ejército libio, milicias conservadoras salafistas y grupos tribales de la zona sur. Por su parte, en la capital existe la denominada Fuerza de Protección de Trípoli, conformada por cuatro milicias: los revolucionarios de Trípoli, las fuerzas de seguridad central de Abu Salim, el batallón Nawasi y las fuerzas especiales de disuasión.

  1. Potencias internacionales implicadas

La Segunda Guerra Civil libia que tiene dos elementos cruciales: el control de los recursos petrolíferos y de las instituciones financieras; y una verdad, desde la caída de Gadafi en 2011 Libia nunca ha estado realmente en paz.

 

“Los que habían luchado contra el régimen no entregaron las armas; el gobierno provisional los «integró» en los ministerios de Defensa e Interior. […] En realidad, era justo lo contrario: los grupos armados se habían «adueñado» del gobierno asaltando el Parlamento, secuestrando al primer ministro y repartiéndose los cargos públicos, el dinero y las compras de armas.” (Toaldo, 2015)

La lógica de la hegemonía económica – del control monopolista, parasitario y sin precedentes de los recursos del planeta, entre los que destaca el petróleo – es un elemento crucial a la hora de reconstruir lo ocurrido en Libia desde el año 2011. Desde entonces, el país se ha sumido en una vorágine de violencia por el control de los recursos energéticos de un país en el que, de sus poco más de seis millones de habitantes, aproximadamente dos millones se han visto forzados a buscar refugio allende sus fronteras, convirtiéndose en refugiados, esclavos o muriendo en el Mediterráneo.

 

El Gobierno de Acuerdo Nacional cuenta con el apoyo de la ONU, Turquía y el de Qatar. El general Hafter, por otro lado, se apoya en Rusia, Egipto, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Jordania. Principalmente, el deseo de los países imperialistas radica en los ricos depósitos de petróleo y gas en el Este del Mediterráneo, algo por lo que están compitiendo actualmente la OTAN, Turquía, Chipre, Egipto e Israel.

Es en verano de 2016 cuando más se intensifican los combates en Libia. El GNA agradecería a los Estados Unidos, Reino Unido, Turquía e Italia su apoyo. Lo que en teoría era un apoyo meramente logístico, a la larga se acabó por demostrar la presencia de fuerzas de la OTAN – estadounidenses y británicos principalmente – sobre el terreno de ciudades como Sirte o Bengasi. Paralelamente, Hafter recibía apoyo, principalmente, de Emiratos Árabes Unidos y de Egipto. Más tarde, el propio Hafter en persona volaría a Moscú para conseguir el apoyo de contratistas rusos, fuerzas especiales y acuerdos armamentísticos. “Con estos apoyos Hafter lanzó una ofensiva sobre los campos petrolíferos de Ras Lanuf, Sidra y Zuetina no alcanzando el control total hasta 2017, puesto que sufriría varios contraataques por parte de diversos grupos milicianos.” (González, 2017)

 

Las «tropas rebeldes», que controlan el país a orden de Hafter, tienen el objetivo de tomar la capital y es por ello que la mantienen bajo asedio constante, actuación que se conoce como Operación Inundación de Dignidad. Una empresa que se tornó imposible y es por ello que el 6 de junio de 2020, apoyado por Egipto, presentó desde El Cairo una propuesta de paz y desarme para poner fin a la guerra.

Sin duda alguna, todas las partes involucradas en el conflicto libio han de ser considerados como criminales de guerra. De entre todas estas, el papel protagonista se lo lleva la OTAN, encargada de bombardear las fuerzas de Gadafi, en su empeño por eliminarle, y dejando a su paso un país completamente a merced de las milicias. Todo esto, para posteriormente ofrecer una ridícula salida dialogada por medio de los diplomáticos de Naciones Unidas.

Por su parte, la labor de EE. UU. fue la utilización de grupos terroristas que realizaron el trabajo sucio mientras que los medios de comunicación hablaban de protestas y levantamientos espontáneos. El New York Times, en 2011, relatando lo siguiente:

“El Grupo Islámico Combatiente Libio se creó en 1995 con el objetivo de destruir al coronel Gadafi. Empujados a las montañas o al exilio por las fuerzas de seguridad libias, los miembros del grupo fueron de los primeros en unirse para luchar contra las fuerzas de seguridad de Gadafi […] Oficialmente el grupo ya no existe, pero sus antiguos miembros están luchando principalmente bajo la dirección de Abu Abdallah Assada.”

Por tanto, es evidente que los servicios de inteligencia europeos y estadounidenses eran conscientes de que estaban brindando apoyo a grupos potencialmente criminales, con una alta probabilidad de que entre las filas de reclutados existieran miembros de grupos terroristas, que para nada iban a construir una nación próspera y democrática tras la caída de Gadafi.

Y en medio de este territorio sin ley, decenas de grupos militares islamistas se han establecido por el país y actúan como traficantes de migrantes y esclavos.

  1. Conclusión

Hoy, el proletariado mundial contempla como Libia está muy lejos de los días anteriores a la “revolución” de 2011. Muchos, seguramente, no imaginaban los horrores que esperaban al futuro del país a causa de la intervención estadounidense y europea, y a la ineficacia de la comunidad internacional.

Las consecuencias directas de convertir a la principal potencia de su zona en un Estado fallido en el que se comercian con esclavos han sido: la oleada migratoria hacia Europa; el endurecimiento de las políticas antiinmigración de quienes se autodenominan baluartes de la libertad y la democracia; el cierre de las fronteras; la impasibilidad hacia las muertes masivas en el mar Mediterráneo; las sanciones hacia quienes tratan de ayudar a inmigrantes; el hacinamiento de las personas que huyen de la guerra y la miseria en campos de refugiados – o, como en el caso del Estado español, encerrándolos en los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE)– ; y, por supuesto, el aprovechamiento de la situación por los grupos y partidos políticos fascistas para realizar toda clase de discursos racistas a fin de dividir y enfrentar al proletariado por motivos raciales y soterrar la lucha de clases.

 

Madrid, 25 de septiembre de 2020

SECRETARÍA DE RELACIONES INTERNACIONALES DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA OBRERO ESPAÑOL (P.C.O.E.)

 

Bibliografía

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